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Santiago Ramón y Cajal

Texto elaborado por Luisa Miñana, a partir de la bibliografía reseñada

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     Santiago Ramón y Cajal tiene cincuenta y cuatro años cuando le entregan el Premio Nobel de Medicina, el 10 de diciembre de 1906. Su éxito, esforzado, trabajado y muchas veces torpedeado y negado, no deja de contener evidentes paradojas vitales y profesionales, seguramente porque su arrolladora e inquebrantable voluntad y su brillante inteligencia en buena manera las provocaron. A lo largo de esos más de cincuenta años de vida, cuántas cosas se habían sucedido, cuántas instantáneas acudirían acuciantes a la mente de Cajal mientras los discursos y los parabienes se sucedían en una ceremonia rimbombante, que a él le importaba poco y a la que estuvo a punto de no acudir. Seguramente por dos razones: una, porque el premio se lo habían concedido a medias, o sea compartido con el italiano Camilo Golgi, quien siempre habíase opuesto a las teorías y conclusiones de Ramón y Cajal ; otra, porque el viaje no dejaba de ser una extorsión para sus planes de trabajo. Y esto ya nos habla de dos de los rasgos del carácter de este hombre sabio, el orgullo y la laboriosidad, su inagotable capacidad de trabajo.

     A Ramón y Cajal le otorgan el Nobel por descubrir la independencia de las células nerviosas y por establecer el contacto funcional por el que las neuronas se comunican entre sí. Era un hito en la ciencia mundial, aunque Cajal quizás no alcanzara a imaginar, ni aun con el Premio Nobel ya en su vitrina, las repercusiones que su trabajo iba a tener en la evolución de las neurociencias, de las que es considerado padre indiscutido. En su momento los resultados obtenidos por él a solas en su laboratorio fueron comparables a cincuenta años de investigación mundial.

Corteza cerebelosa

     Hoy, casi setenta años después de su muerte, sigue siendo citado en todas las bibliografías y lo es en una proporción mayor a cualquier otro científico. Hecho insólito en la ciencia contemporánea, en la que la vigencia de las teorías es notablemente efímera. Y lo más extraordinario de los logros de Cajal es que sus correctísimas y decisivas conclusiones fueron formuladas teóricamente mucho antes de que la tecnología pudiera demostrarlas empíricamente. No fue hasta 1954 cuando el microscopio electrónico permitió observar por primera vez una sinapsis, es decir la comunicación por simple contacto entre dos unidades neuronales. Y hasta 1963 no quedó demostrado el hecho de que cada neurona es irrepetible, no sólo por su morfología, sino también por el tipo de conexiones específicas que establece.

     Y todo ello fue obra de alguien para quien uno de los maestros escolares de su niñez auguró un escaso futuro: "parará en presidio, si no lo ahorcan", sentenció don Vicente Ventura al desesperado padre de Santiago, sin comprender que su curiosidad desbordada, su rebeldía orgullosa y su tenaz inconformismo llevarían a aquel zagal indomable a avanzar en el futuro más allá del límite del conocimiento de su época. A decir de otro grande, Severo Ochoa, "comparables a Cajal solamente Galileo, Newton, Darwin y poco más".

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