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     Una de las paradojas de la vida de Ramón y Cajal fue que siendo desde el inicio un gran dibujante terminara siendo un eminente científico. Es más, fue su habilidad artística, junto a su aragonesa capacidad de cuestionarlo todo, la que en parte le permitió elaborar sus sistemáticos estudios de la microorganización del sistema nervioso. Cajal veía en el microscopio y dibujaba; volvía a mirar y corregía. Así una y otra vez hasta que todo encajó y logró entender lo que sucedía con las células nerviosas. Y lo hizo con la misma tenacidad con que en su niñez seguía dibujando por paredes y puertas, por troncos y piedras, cuando le quitaban el papel como castigo a alguna de sus poco recomendables andanzas infantiles.

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     Y fue el dibujo quien al final sometió al diablillo. Esa fue la llave que encontró el no menos obstinado que su hijo, don Justo Ramón, para hacerle entrar por el mundo de la medicina, procurando su afición a la anatomía en primer lugar y después a la histología. Y fue el dibujo el que en parte le salvó durante su amarga experiencia en Cuba, de donde volvió como de la muerte, con tan sólo veintitrés años, muy enfermo de malaria y disentería, y ya conocedor de las razones, casi nunca loables, que mueven al mundo, al poder y a los hombres que tienen el poder, sea éste cual sea. A ese tren ya nunca quiso subir Cajal , quien incluso rechazaría en una ocasión, en 1906, el mismo año de la concesión del Nobel, el cargo de Ministro de Instrucción Pública, a pesar de su compromiso persistente e inquebrantable con la renovación del sistema educativo del país, bien visible en numerosos escritos al respecto y especialmente en su colaboración con la Residencia de Estudiantes de Madrid, y desde luego en el cuidado que ponía en atender y formar a todos sus discípulos y ayudantes. Los cargos que desempeñó carecieron siempre de entidad política y los asumió como necesarios para el desarrollo de sus trabajos y de sus preocupaciones sociales.

      A Cuba, (donde tuvo el peor destino: la Trucha de Júcaro en Morón) le llevó el ejército, del que se hizo médico por oposición, una vez terminada la licenciatura de Medicina en Zaragoza en 1873, el mismo año en que se proclamó la I República. Don Justo, empeñado en "encarrilar esa gran cabeza", había obtenido una plaza en la Universidad de Zaragoza, y a la capital aragonesa se trasladó la familia en 1870, comenzando Santiago el primer curso de Medicina. Para entonces ya había dedicado algunas vacaciones, encerrado con su padre en el establo de la casa de Ayerbe con los cadáveres que juntos robaban, al estudio de la anatomía.

     En esta localidad oscense había residido la familia Ramón y Cajal durante diez años, entre los ocho y los dieciocho de edad de Santiago, periodo fundamental por tanto. De hecho él afirmó una vez: "Ayerbe es mi pueblo y Zaragoza mi ciudad". Esos años de formación transcurrieron escolarmente para el joven Santiago entre los Escolapios de Jaca y el Instituto de Huesca, y entre castigos y ayunos impuestos por sus profesores y por su progenitor, quienes todavía no habían aprendido a entenderle. También es verdad que era tanta la curiosidad del muchacho, la inquietud y el afán de hacer cosas que no fue fácil trazar el camino por donde discurriera tanta energía con un cierto equilibrio. Mientras tanto, construyó cañones con los que derrumbó las puertas de la casa de algún incauto vecino, asaltó huertos, resultó descalabrado alguna vez por las piedras cruzadas en las frecuentes peleas con otros muchachos, y fue ayudante de barbería y aprendiz de un zapatero de Ayerbe, llamado Coarasa.

      Pero también se aficionó a la gimnasia y sobre todo a la fotografía. Otras inclinaciones desarrollaría el insaciable Ramón y Cajal a lo largo de su vida, como la literatura, el ajedrez o la hipnosis. Cada una de ellas absorbieron su atención en algún momento, pero sólo el dibujo y la fotografía perduraron sin interrupción, siendo un avezado practicante de ambas disciplinas, que además utilizó como herramientas en sus investigaciones científicas. Incluso es posible que sus conocimientos fotográficos condujeran al perfeccionamiento de las tinciones empleadas para sus preparaciones micrográficas. Sus experiencias en este terreno le llevaron a publicar, a juicio de los entendidos, la más importante serie de estudios teóricos realizados por un fotógrafo español, amén de su conocido libro "Fotografía de los colores" (1912) donde demuestra su interés por el método de Lippmann.

fotografía realizada por Cajal

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