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     Hace unos meses, en ese sanctasanctórum imprescindible de la cultura literaria aragonesa en que, gracias al trabajo y esfuerzo de muchos años, se ha convertido la librería Cálamo (Zaragoza), la escritora Pilar Bellver nos entregaba de nuevo un pedacito de corazón con su última novela "La vendedora de tornillos o Tratado de las almas impuras" (Elipsis, 2006) ("una novela sobre los remordimientos de conciencia: sobre los que nadie debería sentir, los imprevistos, pero muy reales y finalmente insoportables que provoca en la protagonista su trabajo como creativa publicitaria y sobre los que sí debería sentir, pero no siente, a pesar de su educación y de sus prejuicios estéticos -acostumbrada a seleccionar hombres y mujeres de especial belleza para protagonizar sus anuncios-, cuando descubre que puede estarse enamorando de una mujer que ni siquiera es guapa").


     Pilar Bellver nació en Jaén en 1961. Vivió los primeros años de su vida en Colombia y estudió periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, llegando a ser directora creativa de una agencia de publicidad.


     RT.- Pilar, para empezar esta entrevista me gustaría saber algo más sobre ti. Naciste en un pueblecito de Jaén, pero parte de tu infancia transcurrió en Colombia, entre Cartagena de Indias y Barranquilla. Un gran salto en el vacío para una niña. ¿Cómo fuiste a parar al otro lado del océano? ¿Qué recuerdos guardas de aquellos años de niña en una tierra extraña, tan diferente? ¿Crees que haber pasado tu infancia en Colombia se refleja de alguna manera en tu obra?


     PB.- Mi abuelo inventó un coche que decía él que andaba con agua y poco más; una especie de máquina de vapor modernizada. Lo patentó y todo. En su época, un coche era una fortuna y él necesitó desbaratar unos cuantos… En fin, que arruinó a la familia. Sacó a sus dos hijos adolescentes del internado y los puso a currar. Y siguió "invirtiendo". Hasta que mi padre, recién alcanzada la mayoría de edad legal, se casó y decidió que la única forma de salir adelante era irse lo más lejos posible del loco (buena persona, pero loco) de mi abuelo. A Colombia se fue. De emigrante, como tantos españoles. Yo tenía año y medio. Por la misma época, mi abuelo, se fue al Congo Belga (y no es guasa); decía que los países jóvenes le pondrían menos trabas a sus inventos. Del Congo se fue a Liberia. Me preguntas qué huella me dejó mi infancia en Colombia… Por lo poco que te cuento aquí, verás que el realismo mágico de los personajes de García Márquez, nosotros por lo menos, en el caso de mi familia, nos lo llevamos puesto. Pero sí, supongo que sí me marcó el hecho de haber aprendido a hablar allí. Porque allí hablan con otro ritmo de frase. Se supone que nuestro ritmo de frase, nuestra manera de hablar castellano, es emitiendo períodos de octosílabos (últimamente hemos acortado el ritmo hasta casi el monosílabo), por eso se nos decía en la escuela que el octosílabo era nuestro verso más natural. Bien, pues yo creo que en Colombia y en otros países americanos, se habla más bien en endecasílabos y ellos se ponen menos nerviosos que nosotros cuando la frase se alarga para coger vuelo y hacerse más expresiva y majestuosa.

     RT.- De regreso a España cursas periodismo en la Complutense , en Madrid, la ciudad en la que has vivido y trabajado hasta hace poco. ¿Qué te atrajo, aunque fuera tan sólo por un breve lapso temporal, de la profesión periodística? Has sido directora creativa de una agencia de publicidad, ¿qué te impulsó a dedicarte a ese campo de la comunicación, y por qué lo abandonaste, después de haber cosechado algunos éxitos tan brillantes en este mundillo, como el ser la creadora del primo de Zumosol?


     PB.- Todo eso que me preguntas, casi punto por punto, es lo que cuenta mi novela, LA VENDEDORA DE TORNILLOS… (todo eso y unas cuantas golferías más que también fueron el aliño de mi ir madurando como mujer, porque el subtítulo de la novela es EL TRATADO DE LAS ALMAS IMPURAS). Tú preguntas por los caminos: los caminos que nos conducen de un lado a otro en nuestra vida pueden ser muy raros, aunque nosotros mismos no seamos raros o no lo sean nuestros trabajos. El proceso es lo extraño, lo artístico, lo que nos hace únicos, no el resultado. Y las novelas están para contarnos unos a otros esos procesos que nos hacen como personas… y como personajes. No puedo contestarte en dos frases, he necesitado muchas más.


     RT.- Y por fin terminas decantándote por la escritura. Con la publicación de "La tercera vez" (1997), tu primera novela, premiada además a nivel nacional, inicias tu andadura, y con "La vendedora de tornillos o El Tratado de las Almas Impuras" (2006) (Elipsis), lanzas tu tercera novela, en la que una directora creativa decide dejar atrás su vida. En el camino se nos aparece "Veinticuatro veces" (2000) (Lúmen) en la que la protagonista descubre en el cementerio de un pequeño pueblo, una lápida con esta extraña inscripción:"María Bielsa Veinticuatro veces"…

     PB.- En esa novela puedes ver otra parte del camino, del proceso hacia ser lo que soy. En un pueblo pequeño, la adolescencia se convierte en una de dos: o te haces una señora de ese pueblo como tu madre y como las demás, o te haces un mundo de fantasía propio (la fantasía es una forma de expresar esperanzas) con la esperanza de escapar de semejante destino. Toda mi vida ha sido, hasta ahora, un haber salido corriendo de aquello que me esperaba. A ver si a partir de ahora le dedico algo de tiempo a averiguar hacia dónde he estado llegando, si me permites decirlo así.



Tornillo


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© 2007 Raúl Tristan

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Versión 14.0- Abril 2007