Sicilia. Palermo


Los días sicilianos

lUISA MIÑANA



     Llegué a Sicilia como quien entra en una obra de Luigi Pirandello, mi tocayo. Una obra que deja de ser la que era para dar cuartelillo a unos nuevos personajes, huérfanos de autor, que no saben cómo terminar su historia por si mismos. Aterricé en Palermo sin maleta por obra de Alitalia. Y del destino, porque Alitalia no es capaz ni de montar la escenografía necesaria para una obra de teatro siciliana. El atrezzo lo empezó a construir el taxista que me esperó tres horas en el aeropuerto Falcone e Borsellino. El aeropuerto anda metido en plena renovación, con todas las tripas al aire, como si acabara de estallar una de aquellas bombas con las que años atrás esa tierra se llenó de terror. En medio del desorden aquel hombre redondo sujetaba uno de los típicos cartelones que hacen visible el nombre de la agencia de viajes en cuyas manos depositamos temporalmente nuestra vida. Qué temerarios somos todos en el fondo y qué confíados . Al gestionar el envío de mi extraviada maleta, me di cuenta de que no conocía la dirección del hotel al que debía dirigirme. Llegué a Palermo como un viajero de verdad, sin equipaje y sin ubicación.

     No saber no siempre sale mal. El hotel estaba en el camino de Monreale y era una preciosidad, con una enorme terraza afrontada a las montañas. Otra cosa que no sabía era que el taxista conduciría, del aeropuerto a la ciudad, a mil por hora, pegado al culo del automóvil delantero, pasando y traspasando de carril constantemente, mientras gesticulaba muy divertido todo el tiempo y yo, pese al terror, no podía hacer otra cosa que reírme sobre aquella autovía tan estrecha y llena de hormigón por todos lados, que más parecía un túnel del lavado que carretera. Al final del túnel, Mimmo Cuticchio y el mar, pensaba yo todo el rato, porque una de mis ideas básicas para Palermo era comprarme una marioneta en este taller de fama internacional. Ruggiero fue la marioneta elegida ya de inmediato al día siguiente.Un personaje de la Opera dei Pupi, al que tuve que desmontar para meterlo en la recuperada maleta, cuando partí de regreso. Ya está muy bien y muy entero de nuevo en mi estudio. También compré un simplísimo y encantador teatrillo de madera allí, en el taller de Cuticchio, en Vía Bara all´Olivella, cerca del gran Teatro Mássimo, el tercero mayor de Europa dedicado a la ópera y en cuya escalinata muere Mary Corleone, al final de la tercera parte de El Padrino.


Palermo



Palermo. Ballaró. Sicilia


     La noche anterior, nada más llegar a Palermo, estuve paseando por los Quattro Canti, la encrucijada barroca que anuda via Vitorio Enmanuelle y via Maqueda, y vi también Piazza Politorama. Una visión inusitada de Palermo, casi sin automóviles. Toda la aristocracia palermitana pasó por estas calles durante siglos, sin apenas inmutarse ni moverse mucho, sólo para ir a Roma, Londres o París a las temporadas de música y a comprar ropa elegante. Sus iguales europeos y también muchos artistas e intelectuales vinieron tempranamente a Sicilia, a la Magna Grecia, el omphalos verdadero de Europa, antes de que Europa fuera germanizada y ordenada en cuadriculas por los seguidores de Lutero. Aquí en Palermo, Lutero ha debido de parecer siempre un demonio. Más que Mahoma. El paseo por Vía Tukory, - tras una infructuosa visita al Museo Internacional de Marionetas, en Vía Butera, la misma donde vivió Tomasso di Lampedusa después de la segunda guerra mundial-, me trajo añoranzas de Estambul. Pude, sin embargo, superar esta melancolía de mimbre antiguo gracias a los espléndidos mosaicos de La Martorana, ejecutados a mediados del siglo XII por auténticos artistas constantinopolitanos, que fueron traídos expresamente para tal labor. En La Martorana, o en cualquiera de las numerosas iglesias construidas y reconstruidas en Palermo, se puede descansar del trajín bullicioso de los habitantes de esta ciudad y de sus abigarradísimos mercados populares como Vucciria o Ballaro, en los que seguro que una pudiera haber desaparecido per secula seculorum amén, sin dejar el más mínimo rastro.



Monreale
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© texto y fotografías 2008 Luisa Miñana

©2008 El Cronista de la red

Versión 16.0 - Enero 2008