palabras nuestras



Gonzalo

mARISA LAMARCA



     En el mismo momento en que ocurrió, supo Gonzalo que su mujer había muerto. No le hizo falta que se lo confirmaran los médicos, se lo dijeron sus entrañas al ver que los ojos de Paquita lo miraban raro, esos mismos ojos que hace cincuenta años cuando se habían conocido le hicieron sentir lo que hasta entonces no había sentido por nadie. Lo recordaba muy bien porque para él ese mismo día se hizo un hombre con una sola mirada.

     Venía corriendo del río. Iba jadeando no sólo por el esfuerzo, sino porque sabía que su padre le iba a propinar una buena panadera por haber hecho pirola y porque venía chipiado de haber estado jugando con los otros a esbarizarse por el lodazal en que se había convertido con las últimas lluvias el terraplén del camino del cementerio.

     Pero nada de eso pasó porque en casa el protagonista era su hermano mayor que había vuelto sin avisar de Suiza después de cuatro años. Se había ido a hacerse un porvenir y ahora venía a presentar a sus padres su nueva familia. Se casó con una hija de otro emigrante español y tenía ya un hijo. Venían a pasar unos días a España y los acompañaba Paquita la hermana menor de su mujer, una chiquilla de la misma edad que Gonzalo. Tenía el pelo y los ojos del mismo color negro azulado de los arañones, y aunque eso lo deslumbró, fue su mirada la que hizo que sintiera que el mundo tenía otra dimensión a la que él hasta ahora no había tenido acceso y que a partir de entonces las cosas iban a ser de un modo diferente.

Palabras_torre Endrinas araņones


     No se volvieron a separar. Formaron una familia y vivieron como todos, con penas y alegrías. Criaron unos hijos y en casa se hablaban las cosas y se decidían en la mesa. Pero entre ellos existía una complicidad que se mantenía a través del tiempo y que no necesita apoyarse en las palabras. Cada uno sabía del otro por la mirada, por eso supo que su mujer había muerto, porque en ese mismo instante para él se había apagado la luz.

     De camino a casa, después de haber enterrado a Paquita oía a sus hijos cuchichear entre ellos acerca de su futuro. Sin embargo, ajeno al dolor propio y al de ellos por la circunstancia, a Gonzalo no le inquietaba nada, tal era el estado de estupor en el que se hallaba desde el momento en que su mujer murió, porque para su sorpresa, algo volvió a estallar en su interior y supo, con la misma certeza que años atrás, que era un hombre, pero esta vez, libre.

     Zaragoza, enero 2009


© texto 2009 Marisa Lamarca

©2009 El Cronista de la red

Versión 18.0 - Enero 2009