Bendito Machine 3

De alumbramientos, máquinas y guerras tras las puertas del cortometraje español

pOR aLFREDO MORENO

     No cabe duda de que el cine español no vive su mejor momento. Ni en el plano industrial, en el que deambula triste cual alma en pena sucesivamente entre el pronóstico reservado y el estado crítico según estrenen o no película en el año correspondiente los grandes gurús recaudatorios (no precisamente por su calidad) del cine nacional (Pedro Almodóvar, Alejandro Amenábar) o la amplia, afortunadamente, nómina de ilustres talentos que contribuyen a maquillar algo las paupérrimas cifras de taquilla en el balance final de cada ejercicio (Fernando y David Trueba, Julio Medem, Icíar Bollaín, Agustín Díaz Yanes, Gracia Querejeta, Fernando León de Aranoa y algún otro habitual que sumar a las inesperadas apariciones de nuevos nombres que, afortunadamente, no dejan de producirse), ni en el artístico, en el que sin duda puede hablarse de coma profundo principalmente por una ausencia apabullante de creatividad, casi limitada como ya es tradicional a los habituales dramas o comedietas urbanos de influencia televisiva y a las retrospectivas sobre la guerra civil, piedras angulares de una cinematografía timorata a las que últimamente parecen haberse unido las ruinosas, por lo general, superproducciones de carácter histórico y una nueva hornada de productos filmados por directores salidos de las escuelas de cine que hacen de la imitación del cine-espectáculo de Hollywood y su mercadotecnia sus puntos de referencia.

     Este panorama tan poco alentador se sustenta además en la escasa osadía de los productores a la hora de apostar por otras miradas, por otros ritmos y otras formas de mostrar y narrar que, presentes en el cine español como en cualquier otra cinematografía, si han tenido la suerte de conseguir financiarse a través de algún gobierno autonómico o alguna cadena de televisión, no desembocan en el estreno en salas, siendo carne de festival o de filmoteca o quedando relegadas al DVD o al exilio interior de un pase televisivo clandestino.

     Esta precaria condición del cine español en la actualidad no se extiende, al menos en su totalidad, al hermano pequeño de la producción cinematográfica española: el cortometraje. Evidentemente, el corto sufre de las mismas carencias, incluso más pronunciadas y acuciantes, que el largometraje en el terreno económico y sobre todo de la distribución, pero, en cambio, goza de una insólita edad de oro en lo que a calidad, creatividad, valentía, y reconocimiento, nacional e internacional se refiere. La situación en sí de la cinematografía española invita a la broma fácil utilizando la polisemia del término: el cine español, paraíso para los cortos o España, cinematografía de cortos, serían dos lemas recurrentes para tomarse a chacota o relativizar la crónica crisis de nuestro cine si no fuera porque, strictu sensu, parece que es así.

     Los éxitos parciales del cine español o de alguno de sus integrantes en una determinada ceremonia de premios hollywoodienses conocidos por la compraventa de favores y la facilidad con que los veredictos de los votantes se doblegan ante los intereses comerciales de productoras y distribuidoras y las grandes campañas promocionales que éstas realizan (que incluyen fiestas, regalos, viajes, y quién sabe qué más para la obtención de votos, en la mejor tradición de la democracia norteamericana), contrastan sin embargo con la ausencia casi total de cine español en las secciones oficiales de los festivales de más raigambre en los que el cine sigue siendo el principal aliciente, los que van marcando la evolución del arte cinematográfico. Y si la ausencia del cine español no es total se debe, en muchos casos, al cortometraje, ámbito en el que nuestro cine sí es una auténtica referencia a pesar del maltrato recibido dentro de nuestras fronteras, donde permanece ausente de las salas de cine y es sólo un programa muy concreto del segundo canal de la televisión pública estatal la única ventana de la que disponen estos trabajos para su difusión ante el gran público, con la salvedad, eso sí, de Internet y del teléfono móvil, y sin que pueda eludirse el hecho de que este canal es el menos visto de la parrilla televisiva española y de que, por razones de una pésima programación y de la omnipresente y prolongada publicidad, los cortometrajes suelan quedar relegados a una hora casi intempestiva de la madrugada de los sábados.

     Y a pesar de todo, el cortometraje español está, probablemente, en su mejor momento, quizá no año a año, pero sí en conjunto si reunimos trabajos de, por ejemplo, el último lustro o la última década, en contraste con una filmografía de largometrajes, salvo excepciones, más bien pobre y decepcionante, por más que alguna película en concreto haya conseguido cierto reconocimiento internacional, como decimos, siempre en una ceremonia de premios muy concreta en la que el cine, por desgracia, suele ser lo de menos. La cada vez mayor difusión de cortometrajes a través de conocidos portales de vídeo de Internet o de la telefonía móvil y de los festivales y certámenes organizados en la red, auguran, además de un cambio de hábitos en los espectadores y de un aumento potencial de la audiencia que puede desembocar en un mayor grado de receptividad por parte del público que pueda plasmarse más adelante en las propias salas de cine o en la televisión, una más acentuada democratización en cuanto al acceso a la filmación de cortometrajes se refiere, y promete, además de un inevitable aumento de morralla a descartar, la apertura de una nueva y más amplia perspectiva a través de la cual el mecanismo por el que los cortometrajes son producidos, filmados, distribuidos y disfrutados por una cantidad mayor de público sea más fluido y acorde con el grado de calidad, en general, conseguido por el cortometraje español. Un nuevo escenario que, inevitablemente, antes o después, y esperemos que para bien, saltará al mundo del largometraje.

 

Alumbramiento (Víctor Erice)

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© texto 2009 Alfredo Moreno

©2009 El Cronista de la red

Versión 19.0- Septiembre 2009