Japón

Japón, universo de contrastes .-2-


     A este respecto, me parece oportuno referirme al artículo que, a raíz de una exposición en España de la artista nipona Erina Matsui, escribió en la página web Neomoda (http://www.neomoda.com) la periodista Irene Romero, muy indicativo de las nuevas corrientes juveniles que se dan en Japón:

"El término Kawaii es una palabra de moda entre los jóvenes japoneses, que más allá de significar guapo o mono, define toda una forma de ser y pensar basada en un cierto estrafalario nihilismo y una exaltación de la infancia. Minifaldas plisadas, lolitas en el barrio de Harajuku, adoración exacerbada por todo lo relacionado con Hello Kitty y los personajes manga, construyen un mundo onírico y delicado en el que los jóvenes japoneses se refugian y recrean su propia identidad."

     Y un poco más adelante, añade:

         En cuanto a la transformación de la sociedad japonesa también hay que añadir la metamorfosis de la figura de la mujer. Tras ser el sustento de la cultura tradicional japonesa, en la actualidad (…) las chicas pasan cada vez más tiempo en la calle, vestidas de forma ostentosa para ser vistas y fotografiadas por los ojos de los viandantes. Las shôjo, las adolescentes japonesas son el símbolo de una mutación de la sociedad. Se definen como mujeres-niña, en estado de suspensión entre la infancia y la edad adulta. Entre colegiala y femme fatale, la gyaru -del inglés girl (chica), a la japonesa- es realmente la nueva fuerza social y cultural en Japón."


Japon, Carlos Manzano

Tokio-Harajuku


     Creo que no es necesario añadir mucho más.

     Por todo ello, ante tal cantidad de aspectos y modelos de ocio ajenos a lo que significa la vida en nuestras sociedades occidentales, lo que viene a continuación no pueden pasar de ser simples percepciones, destellos que han ido surgiendo poco a poco ante los ojos del viajero, sin que llegue al final a asimilarlo del todo y, menos aún, a comprenderlo en su justa medida. Es como si contemplara el país a través de un cristal irrompible, claro y límpido pero excepcionalmente grueso, y el verdadero Japón quedase siempre al otro lado, inalcanzable, incomprensible muchas veces, contradictorio siempre. Quizá ésa sea la razón por la que Japón no defrauda nunca ni deja jamás de sorprender.

Tokio

     La capital de Japón podría servir de resumen de lo que ofrece el país en su conjunto. A imagen de un orondo luchador de sumo, el deporte-religión nacional, Tokio es una ciudad de apariencia tosca, desmesurada y poco presuntuosa, podría decirse que hasta obesa, pero que al mismo tiempo permite entrever más allá de la grasa acumulada y sus torpes ademanes unos modales exquisitos y una técnica perfectamente depurada producto de muchos años de experiencia. Tokio es, a primera vista, una ciudad descomunal, organizada en una serie de distritos definidos en su mayor parte por una arquitectura vulgar y funcional diseñada con el único fin de dar alojamiento a sus algo más de 13 millones de habitantes. No es fácil recorrerla al completo, ni siquiera visitar todas sus áreas principales sin dejarse alguno de sus rincones más reseñables. No es tampoco una ciudad bonita; quitando algunas zonas determinadas, apenas hay edificios que merezcan ser reseñados por su belleza estética. Por otra parte, Tokio no está hecha para ser recorrida a pie una vez se abandonan sus barrios más emblemáticos. Su inmensa amplitud hace obligado el uso del transporte público, ya sea su extraordinaria red de metro o de la línea ferroviaria circular Yamamote, esta última recomendable si uno dispone del caro pero indispensable Rail Pass. A pesar de todo, Tokio se convierte en una visita imprescindible si uno quiere acercarse, siquiera superficialmente, a la realidad más telúrica del país, a su idiosincrasia particular. Y es que, como en los espacios más representativos, aquí se condensa lo peor y lo mejor de Japón.

     Tokio sufrió dos graves calamidades que arrasaron casi por completo lo que pudo ser la ciudad hasta el siglo XIX. En primer lugar, el terrible terremoto de Kanto de 1923, que echó abajo buena parte de sus barrios antiguos; y en segundo lugar, los bombardeos aliados durante la Segunda Guerra Mundial, que arrasaron por completo con lo poco que todavía quedaba en pie. Asakusa es tal vez la única zona de la capital donde todavía pueden verse algunas construcciones de estilo tradicional. En los alrededores del templo Senso-ji, por ejemplo, queda alguna que otra calle donde aún se mantienen en pie las típicas casas de manera tan caras de ver en otras zonas. Es poco, demasiado poco para el esplendor del que gozó la ciudad en el pasado, pero el atractivo de Tokio no reside en la gloria de sus viejos tiempos, sino en el futuro, en ese avance de ciudad postindustrial que exhibe con orgullo. Shinjiku, por ejemplo, acoge en apenas unas decenas de metros cuadrados la exquisitez arquitectónica de los más modernos rascacielos y de las oficinas del gobierno metropolitano con la menos exquisita pero imprescindible área de esparcimiento, es decir, los sex-shops, los packinkos (locales de máquinas tragaperras que funcionan con bolitas de acero), los extremadamente cursis hoteles del amor y, cómo no, los inevitables locales de prostitución. Akahibara, el barrio tecnológico, es un mareante maremágnum de tiendas generosamente iluminadas donde se venden los más variados y, a menudo, incomprensibles productos electrónicos, punteado por más y más comercios de productos manga y donde las bombillas de neón que decoran cada fachada dan lugar a todo un espectáculo de luces y colores. Pero quizá sea Shibuya, el barrio de la diversión, los restaurantes y el consumo desenfrenado, donde mejor pueda apreciarse el ritmo de vida precipitado y dinámico de esta gran ciudad. Aquí se halla el siempre atiborrado cruce de peatones denominado Scramble Kousaten que la película Lost in Translation, de Sofia Coppola, hizo célebre hace unos años. Ayudado por el escrupuloso respeto a los semáforos de que hacen gala los habitantes de este país, resulta sencillamente espectacular observar cómo cientos de personas cruzan al unísono la calle en todas las direcciones posibles con una coordinación tal que parece que estuvieran poniendo en práctica una coreografía largamente ensayada. Las grandes pantallas de video que se apostan en varias de las fachadas colindantes con sus altavoces a todo volumen, la variopinta mezcla de personajes -ataviados muchos de ellos con sus estrambóticas indumentarias "tribales"- que aguardan pacientes en las aceras y los chirriantes neones que iluminan de cientos de colores cada calle ofrecen uno de los espectáculos urbanos más atractivos y sorprendentes probablemente del mundo. Yo, al menos, no me cansaba de ver una y otra vez el mismo preciso movimiento de masas como si se tratase de la repetición de una polémica jugada de fútbol.

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© texto y fotografías 2009 Carlos Manzano

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Versión 19.0 - Septiembre 2009