Danger

Perspectivas -3-



     No vale la pena que cuente cómo terminó todo esto. La noticia apareció en los periódicos del día siguiente, no sólo en el Heraldo de Aragón y en El Periódico de Aragón, también en La Razón y en El País. Incluso el telediario de Antena 3 me dedicó un reportaje de cuatro minutos y medio (un reportaje en el que aparecía mi cuerpo, o el volumen de mi cuerpo, bajo una sábana, en un rincón; un reportaje en el que aparecía Ana, bellísima y sin gafas, llorando contra el hombro de Andrés, en una imagen de conmovedor compañerismo, sobre todo si se tiene en cuenta que acababan de conocerse). Durante una semana se habló mucho (sobre todo en las tertulias de la radio) de la seguridad en las aulas, de la falta de inversiones en educación, de la conveniencia de privatizar las prácticas de las carreras técnicas para mejorar sus condiciones. A los diez días, el asunto estaba olvidado, salvo tal vez (y sólo digo tal vez) por mi familia, mis compañeros de piso y por los que presenciaron la escena, escena que por lo demás no debió de resultar especialmente agradable.

     En cuanto a mí, metí los dedos en el enchufe y sentí, antes que nada, una tremenda liberación. Liberación de las esclavitudes del cuerpo y de las servidumbres de la realidad. Liberación de las palabras, de los gestos, de las rutinas. Liberación de la licenciatura en Ciencias Físicas, liberación de las democracias que en el mundo son, liberación del sexo y de la familia, liberación de las avenidas y los transportes públicos, liberación de las modas y de los ejércitos y de los hospitales y de las puertas. Cómo iba yo a pensar, en aquel momento de éxtasis indescriptible, que aquello no era el final definitivo, que me iba a reencarnar (contra mi voluntad), que, más allá del paro cardiaco y la muerte cerebral, mi conciencia se iba a trasladar por la red eléctrica en busca de un nuevo receptáculo que contuviera mi ser y mi conciencia. Creí que todo acababa, aullé de dolor y de alegría, y me desvanecí, literalmente. Me dispersé. Entré en los dominios de la nada con los brazos muy abiertos, en busca de la aniquilación absoluta, que en ese momento era lo que yo más deseaba.

Entropía

     Me resulta difícil saber cuánto tiempo transcurrió antes de que recuperara mi ser. El caso es que abrí los ojos, o más bien habría que decir que creí que abría los ojos, porque lo primero que supe al despertar fue que no tenía ojos, ni párpados, ni cuerpo. Lo sentí o lo supe de alguna forma irracional, aunque no me pregunten cómo. Por un segundo llegué a creer que todo había sido un sueño, las prácticas y el laboratorio y aquella descarga infinita de electricidad recorriendo todos mis órganos, pero algo después me di cuenta de que no, de que todo aquello había sucedido de verdad, y que yo estaba muerto, en una especie de limbo. ¿Pero cómo podía yo estar muerto y, a la vez, viendo pasar a la gente frente a mí, a mis antiguos compañeros de clase, que se reían mientras tomaban café con leche? ¿Acaso nuestro pensamiento no es otra cosa que impulsos eléctricos, como algunos sostienen, y puede reengancharse a la corriente sin necesidad de neuronas ni de un nombre que las lastre? Me encontraba, al parecer, en el bar de la facultad, en una esquina del bar de la facultad. Quieto, inmóvil, transparente. Nadie me miraba ni sentía mi presencia allí, pegado a la pared. Traté de incorporarme, de hablar, pero en mi nueva situación post mortem carecía también de boca, de lengua, de dientes, de aliento. Intenté moverme con todas mis fuerzas, pero mi posición no varió ni un solo milímetro, ni un solo grado. Siguieron horas de una angustia indescriptible. Se fue haciendo de noche. Se oían pitidos molestos e implacables, susurros en voz bajísima, como si los que hablaban llevaran un pañuelo en la boca. Distinguí, aquí y allá, unos pocos rostros conocidos, borrosos, que no se mostraban en absoluto apenados por mi muerte. No sabría qué adjetivo aplicar para describir su comportamiento. ¿Atareados? ¿Rutinarios? En algún momento el bar se quedó vacío, unas sombras salieron de detrás de la barra y empezaron a recoger y a fregar. De pronto, una mujer pequeña y ojerosa, de unos sesenta años, con una bata o vestido de color verde claro, tal vez blanco, se acercó hacia mí, me puso la mano encima (creí descubrir en ella una mueca de resignación), manipuló algo detrás de mí (algo que yo no podía ver) y desaparecí o me dispersé de nuevo.

     Desde entonces, todos los días de mi vida han sido más o menos lo mismo, si exceptuamos agosto y los fines de semana. Me conectan por la mañana, a eso de las ocho y media, paso el día mirando y escuchando a la gente, llega la noche, me desconectan. Ya han transcurrido desde entonces unos años, y varias generaciones de alumnos. Periódicamente oigo a alguien contar mi historia, la historia de mi muerte, cada vez más exagerada y más lejana. A veces tengo la impresión de que les da vergüenza hablar de mí, como si sospecharan que yo puedo oírlos. Agosto es el más triste de los meses, aunque a decir verdad yo no me doy cuenta de agosto, agosto se transforma para mí en una sola noche larga y oscura. Me gusta imaginar a todas las niñas de la facultad (cada día son más altas, más rubias y más guapas) en la piscina o en la playa, en bañador, mientras yo paso todo el mes desenchufado, y me entra un sudor frío. A mí sólo me está permitido verlas el resto del año, con sus vaqueros y sus camisetas, íntegras e inaccesibles.

Lucky Strike
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© texto 2009 Miguel Serrano Larraz

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Versión 19.0 - Septiembre 2009