Libros en ARagón

  "Parque de atracciones" José Luis Rodríguez García. Akal. Madrid, 2009. 416 páginas



     José Luis Rodríguez García (León, 1949) lleva más de media vida en Zaragoza. Es un narrador, poeta, cuentista en corto y en largo y ensayista que forma parte del paisaje literario y humano de la ciudad. Ha sido un agitador político en los años del franquismo y de la democracia, y sigilosamente, con tanta terquedad como talento, con tanta sensibilidad como conciencia, ha desarrollado una obra importante, valiosa, personal y compleja. Hace catorce años publicaba una de sus novelas más inquietantes, un 'thriller': 'Manos negras' (Alfaguara, 1995), que era un homenaje personal a la novela negra y a la ciudad que le ha visto multiplicarse como editor, como profesor, como intelectual incansable. Incansable a pesar de su aparente lentitud de galápago, de su trabajada melancolía, de ese ir a su aire, despistado y con bufanda, con pasmosa libertad. Paco Goyanes ha tenido uno de esos hermosos gestos que nos encantan a todos los que queremos a José Luis: le ha dedicado un escaño de la escalera de Cálamo, que creo que es una de las más famosas ya de todas las librerías españolas.

     En cierto modo, 'Parque de atracciones' tiene algo de reencuentro con 'Manos negras' (Alfaguara, 1995). Se trata de una novela en dos tramos. O incluso de dos novelas que convergen; la primera podría ser una novela de personajes, psicológica, pródiga en detalles y vidas cruzadas, y la segunda es un intento de esclarecimiento de la anterior en clave de intriga. Si la primera parte es una novela coral, sobre el peso del pasado y la venganza, la segunda es una novela de factura policíaca, con el detective Guillermo Ventura, un gran personaje, y con el comisario Marino Pardeza. Y ambas tienen un epicentro fundamental, un leiv motiv: William Shakespeare, que cobrará vida en forma de fantasma y en forma de Autor que vuelve para ajustar cuentas con quienes le representan en la escena. Y más concretamente su obra 'El rey Lear' y el intento de trasladar esa pieza al Teatro Principal, un trece de junio de 1999, cuando se celebra el Bicentenario de ese estupendo espacio.

     El libro arranca muy bien. El director de teatro Rafael Caneda, que dirigió antaño con osadía y poco éxito a Beckett, decide cumplir el gran sueño de su vida: montar 'El rey Lear' de Shakespeare. Ese libro se lo regaló su tío Laureano, que lo adquirió para él en La Habana cuando era niño y se lo trajo. 'Parque de atracciones' arranca así, con esa anécdota, y con otra imagen, que también será clave: el retrato de una mujer, Eleonora, saliendo del mar. Ella fue "la chica más guapa de la clase de Frutos". Caneda, apoyado por el marqués de Tormetollosa a través de su hijo Federico, va a poder cumplir su quimera, y empieza a llamar a los actores, principiantes y consagrados, la mayoría fracasados. Ramiro Fuencisla será Lear; Leonardo será Kent, María será Regania, Anabel será Gonerila y Luisa será Cordelia. Da la sensación de que por múltiples razones todos ellos han ido retrasando lo que debería ser la gran aventura de su vida: esta pieza.

     José Luis empieza a contarnos las historias de los personajes, pero siempre hay una nebulosa de fondo, una trama entre sórdida y desdibujada, algo así como un dolor, una rabia, una antipatía general. Es difícil identificarse con los personajes, que se reúnen, que se odian, que se menosprecian, que se critican sin miramiento alguno. Uno de ellos dice: "el tal Caneda ha elegido un plantel de actores como para morirse". Si acaso, en ese primer tramo del libro, podemos identificarnos con Anabel, que parece de entrada el ser más noble e inocente: habría sido la perfecta Cordelia. Es seducida y abandonada, y de su destino podría derivar la suerte del drama. E incluso nos identificamos con un trompetista, Joe Texas, que ha conquistado a Eleonora y que ha tocado alrededor del mundo piezas de Charlie Parker, Bird, y de Miles Davis. El jazz es la banda sonora de la primera parte. Bach es la melodía barroca de la segunda parte.

     La novela tiene un narrador especial, un narrador que interviene, un narrador que advierte, achuletado a veces, acotador en otras: en el fondo, José Luis le ha dado la voz y los poderes que tiene un director de escena, la voz de mando que debiera tener Rafael Caneda. El narrador, que todo lo sabe, que se siente seguro e incluso insolente, es una de las grandes creaciones del libro. A él se le escapan continuas alusiones a la idea "gran fracaso que va a ser la obra". O frases de este tipo que explican el pesimismo circundante: alude a Woody Allen para decir que "la vida es un interminable comedia triste" o precisa que en la foto de Eleonora saliendo del mar ella "camina aceleradamente hacia la muerte". Si el peso del pasado con sus rencores y secretos es uno de los temas del libro, igual que la construcción paulatina de una gran venganza, otro asunto fundamental es la locura: "La locura es el don más repartido de esta vida", dice una voz. Al propio director, lo llaman 'el loco Caneda'. "El loco Caneda se atreve con el clásico, como si no hubiera recibido ya suficiente suplicio, y hay colegas que aseguran haberse encontrado con el mismo Shakespeare a orillas del Ebro meditando sobre si la inmortalidad merece la pena para que a uno lo crucifiquen después de muerto cuando ya es imposible retar a duelo al idiota. La respuesta sólo la quiebra un irreverente eructo". Aquí, como ven, el que no corre vuela.

     No les voy a anunciar el desenlace de esta primera parte. Han pasado muchas cosas: incluso dos de las protagonistas, Luisa y Anabel, van al pueblo de Shakespeare: Stratford on Avon; algunos personajes se reúnen en un hostal llamado Alabama ("que es un nombre raro para una pensión de Zaragoza") y se oye cantar a un pajarraco, a un tucán, llamado Cortázar. Eso sí, la función se hace. Y da origen a la segunda parte. Comienza, con otro registro, la novela estrictamente policial, con dos protagonistas más claros: el comisario Marino Pardeza y el detective Guillermo Ventura, que también tiene algunas raíces hundidas en ese pasado general borrascoso del que no acabamos de saberlo todo. Ellos deben investigar un incendio, un crimen o un accidente, no sabemos, tal vez una trama terrorista, algunos destinos aciagos. La narración se aclara y se acelera, aunque nunca pierde su consistencia, su severidad, su dramatismo, su turbio enigma. Guillermo Ventura es "detective y padre en ejercicio porque su querida esposa tiene un amante que no soporta el mínimo ruido mientras ejercita con su violín".

     Aquí se oyen nuevas reflexiones con algo de humor y sátira: "Esta ciudad está endemoniada por lo que se refiere a todo espectáculo que no esté amparado por la Virgen del Pilar, aseguró con gesto circunspecto un lector del tarot que se ganaba la vida a las puertas del Principal".

     El carácter coral de la novela parece estar contenido en estas frases. "Así ocurre, las gentes se van, somos protagonistas de una novela que circula diversamente, qué irrisorio suponer que la vida es una línea recta, esto sólo pueden suponerlo los imbéciles, la vida se dispersa, nadie es capaz de controlar la velocidad y la intranquilidad de la vida, caja de muñecas".

     Se defiende la obra de Onetti y de Faulkner, a cuyas atmósferas recuerdan este libro, casi tanto como a Beckett, y se reivindica la obra de detectives de Chandler. Y también se hacen algunas incursiones en el terreno de lo fantástico mediante una bruja, algunas apariciones e incluso la existencia de un trasno doméstico con el que habla una protagonista.

      Como si el narrador fuese consciente del pasillo de encrucijadas que ha propuesto al lector, escribe: "La vida y las novelas son siempre imprevistas, botellas arrojadas al mar y que uno no sabe si traen mensajes de amor o maldiciones". Redondea un poco más sus apreciaciones y concluye: "La vida es un parque de atracciones".

     La vida es tensión y traición, búsqueda y desasosiego, sed de éxito y vanidad, la vida es una gran incertidumbre o un gran puzzle donde conviven el crimen, la venganza y la obsesión. Bien mirado, todo lo que aquí ocurre nace de la obsesión y nace, sobre todo, de la maestría de un gran tipo, en la vida y la literatura: José Luis Rodríguez García, ese ciudadano imprescindible, ese poeta de aire despistado y con bufanda roja, tocado de sombrero, que anda por ahí a la caza de historias.

 

 Antón Castro

Parque de Atracciones

Inicio

©2009 El Cronista de la red

Versión 19.0 - Septiembre 2009