–¡Yo creo que murieron de verdad!¡Desaparecieron!Por fin descansaron en paz.

–Está bien, está bien, Eladio, traquilízate y explícanos a todos los que estamos aquí reunidos, qué es lo que ocurrió en Belchite antes de ese suceso tan extraño.

–Pues como os digo, andaba yo rondando por entre las ruinas de la iglesia, husmeando por los rincones, igual que vengo haciendo desde 1937, buscando un buen escondite; esa debe de ser mi condena por no haberlo encontrado para mí ni mi familia durante aquella triste noche del bombardeo. En ocasiones, durante estas correrías, me cruzo con algunos vecinos, unos chorreando sangre, otros corren desesperados pidiendo fusiles a gritos... A veces, oímos todavía el eco de las bombas de los chatos. De no ser así, no hay noche ni día que no nos conmuevan los aullidos de los heridos moribundos... En fin, lo habitual en un escenario de estas características. Pero sin embargo, el día en el que ocurrió lo que os cuento, ese día no se oía absolutamente nada. No, no me refiero al silencio sepulcral del cementerio, ni al frío silencio de un oscuro castillo. No estoy hablando –y esto quiero que quede bien claro, señores– no hablo de ese silencio con el que nuestro aliento congela las almas de los visitantes más atrevidos, infundiéndoles sin que escuchen nada, tanto o más pavor que si hubieran oído los mísmisimos lamentos de Judas el ahorcado, que se tienen entre nosotros por los mejor conseguidos. No, el silencio de ese día era un silencio de vivos, una calma en el aire, una quietud en las vibraciones tan perfecta como hacía años que no notaba. Me recordó cuando, de joven, al mediodía, sonaba en ese mismo campanario que aún sigue en pie, la última campanada del Angelus. También se parecía a esa tranquilidad que sólo es posible vivir en algunos pueblos pequeños durante la hora de la siesta. ¡Qué sensación tan agradable! Tan real fue, que por un momento pensé que estaba vivo. Aquello era un presagio claro de lo que vendría después. Recuerdo que me relajé unos segundos dejando a un lado mi frenética y eterna búsqueda, y me apoyé en el quicio de la entrada de la iglesia. Fué entonces cuando los vi llegar, un grupo de visitantes de lo más variopinto. No parecían turistas; tampoco venían a hacer psicofonías, aunque al principio pensé lo contrario, pues uno de ellos me recordó a un técnico de sonido que apareció por aquí hace unos años para grabar un programa de radio sobre voces de fantasmas. Tampoco abundaban las bebidas ni ví ninguna jeringa, luego quedaba descartado el gamberrismo y la droga.

»–Entonces –me dije–, ¿a qué vienen estos?

»No era yo el único que los estaba contemplando entre las sombras. En lo alto del campanario, me pareció ver el vuelo de la sotana del cura, y de un momento a otro podía soltar algún alarido, como era su costumbre. En la esquina del otro lado, las pequeñas Aurora y Dorita miraban con los ojos abiertos como platos a unos niños vivos que habían traído un balón.

»Los visitantes formaban un grupo ciertamente extraño: se habían juntado dos o tres vejestorios con una mayoría de jóvenes, bueno, más o menos jóvenes; también había alguna mujer, pocas, y los niños. No traían pancartas, no parecían ecologistas, no llevaban guía turístico, por la edad no eran miembros de una excursión del Inserso, no había profesores, aunque alguno tenía pintas... Por cierto que cuando andaba yo con estas cavilaciones, fue cuando me di cuenta de que casi todos llevaban algún libro en las manos, y no eran mapas.

»Lo más raro de todo es que no miraban los rincones oscuros buscándonos, ni tocaban las paredes para notar vibraciones, ni siquiera las mujeres cuchicheaban diciendo eso de que “¡hay que ver, qué pena da todo!”

»Lo que vino después no lo recuerdo muy bien. Alguién rasgó las cuerdas de una guitarra, hubo canciones, y a mí me pareció revivir las últimas fiestas. La voz de una mujer recitando poemas, unas risas, palabras que denotaban orgullo por las frases leídas... fueron ráfagas de sensaciones que me arrancaron hacia un mundo de recuerdos: mi amor por Conchita, las lecciones del maestro, los juegos camino del huerto, el traqueteo del carro... Noté un caudal tan grande de emociones dentro de mí que creí que iba a ser capaz de llorar.

–¿Y entonces fue cuando dice que vió usted desaparecer a esas niñas? –interrumpió bruscamente un viejo cascarrabias de mil años.

–Sí, en efecto, señor Tenente de Trasmoz, las niñas murieron entonces, o sea, perdón, quiero decir, que fue cuando se desvanecieron, primero se tumbaron como dormidas y, poco a poco, fueron haciéndose transparentes hasta que parecieron convertirse en un golpe de viento, y desaparecieron, sí.

–¡Eso es imposible!¡Los fantasmas estamos condenados por toda la eternidad!

En la iglesia del Castillo de Loarre, se levantó un gran murmullo. Reinaba una evidente agitación entre los cientos de presencias que se congregaban allí. Los fantasmas, llegados desde todos los puntos de Aragón, debatían acerca del inexplicable suceso ocurrido hacía unas semanas en el pueblo abandonado de Belchite. Las almas errantes de dos niñas habían desaparecido, pero no como hacen habitualmente los ectoplasmas, sino para siempre, como las almas que descansan en paz.

–¡Eh, gente! Si me escucháis, quizá yo pueda aclararos algo, a pesar de que sólo soy un recién llegado; es que me está gustando esta movida, tíos.

El fantasma de un joven vestido de cuero negro consiguió hacerse con la atención de la concurrencia. Hablaba desde el capitel de la sirena, en el arranque de uno de los arcos de la bóveda, abrazado al cuello de la talla de piedra.

–Veréis, el caso es que sé quién era la peña esa que llegó al pueblo. Yo volvía de amanecida de una fiesta en la Florida de Fraga, precisamente cuando nos la pegamos con el auto. Antes del accidente que me convirtió en uno de los vuestros (y como mola, tíos, eso de ir de fantasma de verdad), lo estaban diciendo por la blaupunkt: un grupo de chalados culturetas, eso es lo que eran, que se habían reunido en Belchite para leer trozos de sus libros. Que sí, tíos, que eran escritores, poetas, artistas y cosas así, gente de mal vivir, vamos; bueno, y también uno que llaman el abuelo, que cantaba cuando lo de la autonomía, y otro de bigote que es al único que yo leía en el periódico porque hablaba del gran hermano y de otros bodrios de la tele, y que canta de vez en cuando por los bares de Zaragoza... ¡Ah sí! Y un chaval que además de escribir fue objetor de conciencia como yo, y se tuvo que chupar una buena condena en la cárcel de Torrero...

El desconcierto se había apoderado definitivamente de la fantasmagórica concurrencia. Ya nadie escuchaba al novato, se habían dividido en grupos y unos, los fallecidos más recientemente, trataban de poner al día a las vetustas ánimas de caballeros medievales, guerrilleros de los Sitios y penitentes abades. Una voz femenina, sin embargo, volvió a conseguir que se hiciera el silencio. Era Celina, una institutriz fantasma con gran prestigio entre la corte de los condenados, por ser una de las pocas pantasmas aragonesas de rango aristocrático, famosa por tocar el piano en un caserón de El Pueyo de Jaca.

–Hum, con su permiso, nobles señores y atentas damas. Soy la Señorita Celina, por si alguien no me conoce. Agradezco al señor del traje negro su explicación, pues me ha abierto una luz en este dilema. De niños, sé bastante, debido a mi profesión. Por todo ello, creo estar en condiciones de explicarles la razón del misterioso asunto que hoy nos congrega en tan noble lugar.

»¿Desaparecieron dos niñas, dos fantasmas infantiles?¿Es ello posible?, nos preguntamos, quizá anhelando hallar una esperanza a nuestra condena que creíamos eterna. Humildemente, creo que sí.

Hubo murmullos, lógicos si pensamos que el discurso de la institutriz estaba preparado conforme a los cánones de la diserción decimonónica, con buscadas pausas y preguntas retóricas. Alguien invitó a la elegante fantasma a subir sobre el altar de la iglesia del Castillo, y desde allí prosiguió su explicación:

–Dicen, y dicen bien, que un hada muere cuando un niño deja de creer en ellas, cuando no espera ya el regalo del ratoncito Pérez, cuando no sueña ya con los ogros de los cuentos. Los seres feéricos van así desapareciendo poco a poco, a la par que avanza la madurez infantil y escasean los cuentos antes de irse a las camas. Este sería otro problema. Ahora bien, nuestro caso resulta similar. Escuchen atentamente: cuando los vivos dejen de recordarnos como muertos, entonces, sólo entonces, podremos descansar. Algunos lo tenemos más dificil, bien porque somos protagonistas de leyendas, bien porque aparecemos como personajes de los libros de historia. Pero otros, como las niñas de Belchite, pudieron conseguirlo. Aquellos poetas, aquellos artistas, y, sobre todo, aquellos niños, se reunieron entre fantasmas, y lo hicieron para proclamar lo mejor de sus vidas, su fuerza creadora, unos, y su fuerza vital, otros, mientras jugaban despreocupados al balón frente a la ciega mirada de los espíritus de Belchite. Estaban allí jugando, sintiendo, riendo, viviendo y contando sus vidas, ¿cómo no iban a arrebatar en un torbellino de ilusión infantil las almas de las fantasmitas?

–Entonces, señorita Celina, entonces, ¿usted cree que si vuelven los poetas a Belchite, algunos más podremos dormir al fin?

–Eladio, Eladio, ¿tanto deseas dejar de buscar un escondite que no existe entre los cascotes de la vieja iglesia? Y, ¿por qué no? Esperemos a ver qué ocurre el año que viene, al fin y al cabo, tenemos tiempo, ¿no os parece?

En diciembre del año pasado unas trescientas personas se reunieron en el pueblo viejo de Belchite (Zaragoza), donde se celebró un acto no comercial. Se leyeron fragmentos de libros y se cantaron canciones. Esta es una crónica imaginaria desde el otro lado.

Texto e ilustración sobre la fotografía
© 2001 Chema Gutiérrez Lera
Quinzano, abril de 2001

Enlace a la página de la lectura de libros en Belchite.

©2001 El Cronista de la red