de LA hABANA a santiago
La Habana

Yo ya sé que es un tópico. Como tantos otros que circulan alrededor de la isla de Cuba, y a veces nos ayudan a comprender y otras nos enfangan los ojos. Será un tópico, pero es cierto que pisas la tierra de Cuba y el tiempo ya no transcurre igual. Ni la dimensión de los acontecimientos ni el trasfondo de las palabras son los mismos que en esta vieja y resabiada Europa. Llegas a la isla de Cuba y estás indefenso. En Cuba la vida no se disimula ni se disfraza: se ofrece, se gasta, se gana y pierde sin demasiadas explicaciones ni justificaciones.

En Cuba el sol se muere en La Habana. Pero la ciudad es un milagro que diariamente se rehace junto al mar, lo abraza casi interminable, hermosa y fuerte, a pesar de todas las heridas que abiertamente muestra, apoyada en un orgullo generoso, a la par que un tanto interesado. El mismo orgullo que acompaña constantemente a sus habitadores y descoloca la mirada de sus visitantes. Mientras la ciudad moderna parece un poco cansada y los colores van inevitablemente girando al gris, y si no fuera por la vegetación y el cielo azul indemne resultaría un tanto desproporcionada y algo distante, la Habana antigua se sobrepone con ahínco y voluntad a su irremediable decadencia, golpeándonos con manotazos de color resucitado y ruina no disimulada, que se suceden alternativamente sobre la perfección de su urbanismo y el alma de su historia.

Habana

Hay que acostumbrarse a algunas cosas, como en cualquier lugar de este mundo. Por ejemplo al permanente e impregnante olor a combustible que hay en el aire, y que se hace especialmente extraño al amanecer, cuando apenas pueden verse vehículos circulando por las calles. Hay que acoger con toda la naturalidad posible la presencia policial constante en casi cada esquina de La Habana. Hay que acostumbrarse a la parsimonia de los gestos y los acontecimientos, no tan ralentizados sin embargo como dicen usualmente las malas lenguas. Hay también que sobreponerse al vuelo persistente de las tiñosas, que acechan incansables desde el cielo cualquier carroña abandonada en la ciudad.

No hay que dejarse apabullar por la imaginación sin límites con que los habaneros, y los cubanos en general, resuelven su diaria y trabajada existencia, porque entonces uno se siente todavía más miserable que lo habitual. (Aunque esta desbordante capacidad de inventar y de crear conforma la idiosincrasia de la isla y es parte de su modo de concebir la vida, es innata.) E inevitablemente hay que acostumbrarse, si eres visitante temporal y aún más si eres turista, al asedio continuado de un buen enjambre de buscones, que, con mayor o menor picardía, ganan sus dólares de esa guisa, ofreciendo un paladar, un restaurante, una casa donde hospedarse, o una agradable compañía que puede durar un rato o muchos, según el interés o disponibilidad de visitante. Los hay, visitantes, con total disponibilidad y absoluto interés exclusivo. Se huelen y distinguen ya en el mismo avión de ida. Yo no puedo ser imparcial al respecto. Comprendo por qué sucede tal cosa en la isla. Hacen chirriar mi sensibilidad las razones de los compradores y las compradoras de cuerpos y esperanzas.

Aceptado todo ello y alguna cosa más, sentirse a gusto en La Habana y muy interesado en explorarla es hasta demasiado fácil. Pero el resultado de la incursión no es a menudo sino un manojo de interrogantes, imposibles de solventar no sólo en la generalmente breve estancia del turista, sino, creo, que incluso en años de permanencia en la ciudad. ¿Dónde reside en verdad la hermosura de La Habana, en sus arquitecturas impecables que han resistido los años de descuido con tanta gallardía, o en la vida que rebrota de entre esos ladrillos y pigmentos ajados, aferrada a cualquier minúsculo objeto, a cualquier canción que acune el tiempo y el dolor, al primer requiebro que se escuche o se intuya en cualquier patio, agarrada a lo mínimo como si fuera todo? ¿Cómo si fuera? ¿O lo es todo? ¿O lo único? Ya lo dijimos, cada minuto, cada ademán, cada ocupación posible es puro arte en La Habana, en Cuba.

Habana 2

La Habana Vieja y el Centro de La Habana se caen, se vienen abajo, es cierto. Y quien pasee despacio por sus calles, entre sus casas y sus columnas y sus soportales, y mire adentro de sus patios, y de sus habitaciones, e imagine con un poco de esa imaginación que por allí abunda cómo discurren las cosas, necesariamente dudará que consiga al fin la rota Habana mantenerse en pie. Y aun si lo hace ¿cuántos colores nuevos invadirán y modificarán definitivamente los rostros hoy serenos de los habaneros, las perfectas hileras de fachadas-escenario? Porque en La Habana se mezclan la verdad y la mentira con tanta naturalidad que no se advierte la línea entre una y otra.

La Habana 3

La ciudad es, una vez más el tópico, teatro de veras. La vejez y la juventud vienen juntas en todos los ojos y en todas las bocas que hablan, desde las de los niños zalameros hasta las de los escuetos y turbadores ancianos. Si al cabo lograra rehacerse y remozarse, ¿cuántas historias perderemos? Y por el otro lado, si La Habana se derrumba no tendremos ya nada. Así que no parece que a largo plazo queden muchas esperanzas de que la magia sobreviva largamente. Conserve en su memoria el visitante cuanto a su paso encuentre y entréguese sin demora al arte de vivir que allí aprendió. Mas ¿por qué no? ¿No es La Habana, no es Cuba, el lugar en el mundo en el que cualquier cosa pudiera suceder con la misma naturalidad con la que aparecen y desaparecen los días entre inacabables e ininterrumpidas melodías? Si la eternidad tiene forma y espacio, algún sentido, ojalá fueran éstos.

Copyright textos. Luisa Miñana

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