LA ACADEMIA DICE...
por Marisa Lamarca

Se acaban de hacer públicos los resultados de una encuesta llevada a cabo en los Estados Unidos de América, según los cuales el 60% de los estudiantes norteamericanos elige estudiar el español como lengua extranjera. También los asiáticos (chinos y japoneses, mayoritariamente) se están interesando por nuestra lengua de una forma creciente. El mismo informe precisa, sin embargo, que esta bonanza del español no se advierte en un medio de comunicación tan pujante hoy como es Internet, en el que la lengua que se ha impuesto, como todos sabemos, es el inglés.

Individualmente, frente a esto último, es bien poco lo que se puede hacer. No es la primera vez en la historia de la humanidad que una lengua, y por diversos motivos, se hace universal. En este caso, la tecnología, desarrollada sobre todo en ámbitos de habla inglesa, ha tenido la culpa. Pero sí que podemos personalmente mejorar el uso de nuestra lengua materna (el español tiene cuatrocientos millones de hablantes en el mundo), no para entablar una competición con cualquier otro idioma, sino con el propósito de utilizar con mayor exactitud ese instrumento humano de comunicación que ensancha los propios horizontes.

La lengua está siempre sujeta a evolución y lo que hoy supone un vicio, mañana puede ser normal, es decir: establecer lo que es correcto o incorrecto sólo puede hacerse con referencia a un momento histórico concreto. Los cambios en el lenguaje certifican la vitalidad de una lengua, y también la de la sociedad hablante, lo que no hay que confundir con las modificaciones arbitrarias que por imposición de una moda o por el descuido de quienes utilizan los medios de comunicación, se van consolidando. Ese buen uso del idioma mejoraría el sentido lingüístico del hablante, favorecido naturalmente por las instituciones de la lengua, cuyo propósito debe ser, entre otros, despertar en el hombre su sensibilidad hacia su idioma.

Fundada en 1713, la Real Academia Española (RAE) nace como respuesta a las numerosas propuestas de reforma del sistema medieval de escritura que hasta entonces muchos autores, gramáticos e impresores habían respetado; reformas fundamentadas por gramáticos como Nebrija o Mateo Alemán, en el hecho inequívoco de la obsolescencia del sistema. En 1726 publica su primer Diccionario de Autoridades y en 1741 la primera Orthografía Española. Sin embargo, hasta 1844 y por Instrucción Pública, no se impone la enseñanza del Prontuario de ortografía de la lengua castellana en las escuelas.

El acuerdo alcanzado ya en el siglo XX con las diferentes Academias hispanas para la elaboración de la recientemente publicada Ortografía de la Lengua Española, puede darnos una idea de la línea de actuación que sigue la institución. Y es que un código de tan amplio consenso merece ser respetado y acatado por ser de suma importancia mantener la unidad idiomática contra la desintegración a que nos conduciría una escritura anárquica o individualista.

Haciéndose eco del creciente interés que el buen uso del español está despertando y la importancia que la nueva red de comunicación tiene para la difusión de las lenguas, la Real Academia Española, en poco tiempo, ha hecho accesible a cualquiera un servicio extenso de consultas. En este momento, según avanzó su director Víctor García de la Concha en un curso sobre Gramática en la Universidad de Salamanca, las Academias de la Lengua Iberoamericanas han comenzado a preparar el Diccionario normativo de dudas, para dar respuesta a las numerosas preguntas que se formulan a través de la página de Internet de la RAE.

www.rae.es

Y la verdad es que funciona. Hace unos días, después de enviar por correo electrónico el formulario de consulta, al cabo de dos horas el Departamento de Español al día de la RAE me había contestado. Si entramos en la página de recursos de la Academia, veremos que existen seis apartados. Es de particular interés adentrarse en el de las últimas enmiendas y adiciones al Diccionario, porque podemos ver, así, uno de los quehaceres cotidianos de esta institución, como es el de recoger la evolución constante de una lengua natural. Cambios que unas veces obedecen a la desaparición de palabras o expresiones hasta ayer en vigor y otras a la incorporación al uso de nuevos vocablos. Estas modificaciones serán aprobadas por el Pleno, compuesto por los Académicos de la RAE, para someterlas posteriormente a juicio crítico de las Academias americanas, y tras su aprobación final, incluirlas en el próximo Diccionario.

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