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calleja del Buen Pastor

La calleja del Buen Pastor (Zaragoza)

Es esta una calle pequeña, si bien incontables matices de penumbra y luz la ensanchan y alargan su trayectoria casi en curva. Su estrechez no importa; cuestión de mirar bien: se convierte en audacia, en un hallazgo seguramente de la casualidad que, abriendo y cerrando perspectivas al espacio y al tiempo, provoca todavía nuevos gestos de admiración, a la par que emociones sempiternas. La calle cruza, en el corazón de la ciudad, oblicuamente desde el Mercado Central a la plaza del Justicia. O de otro modo, el inverso, desde un ángulo de la plaza, que guardan la iglesia de Santa Isabel y el palacio de Sobradiel, hasta el costado del edificio modernista del Mercado, tendido en perpendicular al río. Al atravesarla, inevitablemente -no importa en qué sentido- se alcanza otro tiempo. Y nuestro espacio contemporáneo se torna trasunto de otros viejos escenarios aquí sobrevividos.

Caminar por esta calle, ciñendo el muro en sombra, es hilvanar al presente memorias, huellas reiteradas, antiguas voces, inciertos futuros. Toda la historia de la ciudad cabe en unos cuantos pasos. Mientras bullicio, trasiego de colores y sucesión de rostros y quehaceres invaden la evocación remota, y alguna escena en blanco y negro golpea inmediatamente el ojo que mira.

Si la recorremos viniendo desde el Mercado, la calle del Buen Pastor sorprende con un aire entre medieval y dieciochesco. Amplios ventanales de lineas claras acompañan el corto paseo, truncado de pronto por una de las torres barrocas de Santa Isabel. Después enseguida, girando a la izquierda, el espacio se rasga y hallamos la desembocadura, la plaza, en su recoleto trazado.

calle del Buen Pastor

Ahora nuestra vista ha de vagar por los espléndidos y ensoñadores miradores y balcones -(¿quién los habita?)- del edificio de estirpe modernista que se alzó con el siglo XX entre las calles de Manifestación y de Santa Isabel. Muy al fondo, la calle Alfonso I. Al oeste de la plaza el palacio de Sobradiel, escueto y clásico, nos retrae nuevamente un par de centurias. Mientras que la misma definición casi en recodo de nuestra callecilla del Buen Pastor no puede por menos que tirar de nosotros aún más allá en el tiempo, pues desprende inevitable acento musulmán. Y más profundo todavía, el recuerdo pétreo de la muralla de la urbe romana que aquí la orillaba.

Ciudad de antaño y de ahora mismo. La calle del Buen Pastor, imponiéndonos la pausa en el transcurso, es una llave, un puente, un tránsito. Y cuando se alcanza la plaza, uno tiene la impresión de que alguien nos observa: ¿desde que tiempo?. ¿Y cuál es en este momento nuestro tiempo? La ciudad que fue y que ya no existe es aún nuestra ciudad. ¿Quién podría negarlo? Emoción simple, necesaria, la de reconocer y ser reconocidos, la de comprender y ser por nuestra propia historia comprendidos. Dificilísima tarea. Mas ha de saberse, con todo, grato el esfuerzo y recomendable sin duda: recorrer, -no importa bajo la luz del día o adentrados en la noche-, a ritmo viejo, los rincones, las arquitecturas, las portaladas, las ventanas, cada esquina. El eco de nuestra voz en silencio es el mismo que otras voces produjeron. Aquí hemos permanecido atentos a los gritos infantiles renovados, a los apremios diarios siempre definitivos y continuamente superados, ¿cómo no? a los susurros amorosos . No somos tan distintos. Nada ha cambiado tanto. Todo el tiempo cabe en un instante. Atreveos a comprobarlo y aprenderlo.

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