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–Edelmiro, hijo, los años me pesan ya... Toda mi vida he
tratado de conseguir dos cosas: la primera, mantener mi honor en cualquier
circunstancia; la seguna, afianzar una herencia, un lugar, una casa, unas
tierras, algo con lo que dar continuidad a nuestra estirpe a través de tí. Ha
llegado ya el momento en el que asumas tu destino, hijo, y ocupes mi lugar,
como Conde, como heredero, y como padre de mis nietos.
Al lado de
la chimenea enorme, recortada su silueta contra los reflejos dorados y rojos de
las llamas, así hablaba el Conde del Júcar. Su hijo, un joven de barba
primeriza y bien recortada, escuchaba cabizbajo, viendo llegar el momento de
abandonar la alegría de su juventud, la libertad de su mocedad. Se le pasó por
la cabeza una idea: la vida era una repetición absurda. Los padres pedían a los
hijos que hicieran lo mismo que ellos, que fueran iguales. Edelmiro se
imaginaba a sí mismo ya anciano, en esa misma chimenea, ante la cual seguro que
había posado su abuelo.
Recordaba
Edelmiro las jornadas de ocio pasadas con sus amigos, las fiestas en el cercano
Villaverde, las aventuras en el río... Todo eso iba a desaparacer cuando se
convirtiera en Conde. Debería casarse, con alguna dama estirada de la nobleza,
organizar aburridas recepciones, calcular diezmos y exigir pagos... No era muy
halagüeño su futuro, pero miró a su padre, y en ese momento se dió cuenta de su
senectud. Cuando uno vive con alguien de su familia, y lo ve todos los días, el
tiempo pasa entre los dos como niebla ante los ojos, y uno y otro van sucumbiendo
poco a poco a los cambios, pero ninguno se da cuenta, hasta que, de repente, un
buen día, la niebla del tiempo desaparece, disuelta por un rayo del sol de la
razón, y entonces se ve la realidad, el pelo blanco y lacio, los dientes
oscuros, los ojos brillantes hundidos tras las ojeras... Edelmiro vió en ese
momento a su padre cómo realmente era, un anciano, y sintió compasión, y
decidió complacerle.
–Pues bien, entonces, querido hijo –decía en este momento el
viejo conde–; Isabel, la hija del corregidor de la ciudad de Cuenca será tu
esposa y mi nuera, y espero que pronto me déis un nieto con el que alegrar los
últimos días de mi vida aquí en la tierra, hasta que el Señor me lleve consigo.
Aún, por un
momento, Edelmiro titubeó. Pero recordó a Isabel; era bella, muy bella, así
que, definitivamente, accedió a casarse con la persona designada por su padre,
y a convertirse en conde en el mismo día de la boda, que quedó fijada para
dentro de tres meses, en abril.
Durante
todo este tiempo, Edelmiro apenas volvió a ver a sus amigos. En soledad
cabalgaba por las mañanas a galope tendido por sus propiedades a la orilla del
río, para mantenerse en forma y desfogarse. El resto del tiempo lo dedicaba a
ponerse al día sobre su patrimonio, a consultar los libros de cuentas, a hablar
con siervos y señores a su cargo, a mantener largos coloquios con su padre, en
los que aprendía la historia de su familia, y las noticias que debía conocer de
sus convencinos. Una vez por semana, Edelmiro e Isabel acudían juntos a la iglesia,
y daban un paseo después, seguidos de cerca por sus parientes. Así, poco a
poco, resignado, iba haciéndose con la vida que tenía designada.
Se acercaba
el día señalado para su boda. Una semana antes, los viejos amigos hicieron un
último intento por acercarse a Edelmiro. El joven no pudo negarse a sus deseos.
No pasaría nada por ir a navegar una vez más, libre sobre el azul del Júcar,
hasta Villaverde, y allí organizar alguna juerga sonada. Fué a decírselo a su
padre.
–Padre, ya
ve usted que he sentado la cabeza, que llevo cerca de tres meses ocupándome de
todo, como usted quiere. Por eso le pido licencia para hacer una excepción
antes de mi boda, e ir en barca hasta Villaverde a reunirme con unos amigos,
por última vez.
El anciano
Conde se quedó callado y pensativo. Volvió sus anchas y algo encorvadas
espaldas hacia el fuego de la chimenea, sin contestar. Edelmiro no había
previsto una reacción tan negativa. Cuando le habló, lo hizo con un tono
extraño de voz, como quien se despide tristemente.
–Hijo, no
seré yo quien te niegue esta voluntad que manifiestas, pues con tu esfuerzo y
dedicación te has ganado ese derecho. Pero quiero que recuerdes a tu madre.
Eras muy pequeño, ella te llevaba a pasear por la ribera cuando sucedió. Fue el
río el que se la llevó. Ese río que noche tras noche escucho bajo mi ventana, y
me hace recordar el timbre alegre de su risa. Ten cuidado, hijo, no atravieses
el río de anochecida, la barca puede volcar, y yo te necesito a mi lado. Ahora,
vete.
Todo esto
lo dijo sin volverse siquiera, apoyado en la piedra ahumada del dintel del
hogar. Edelmiro no acabó de entender sus palabras, pero no le dió más
importancia que la que se da a las nostalgias de un anciano. El conocía de
sobra esas aguas, las había recorrido arriba y abajo desde pequeño, era un hijo
del río. No sospechaba sin embargo que el Júcar no era padre sino para las
criaturas del agua.
Navegó muy
de mañana, sintiéndose tan libre como cualquiera que suba a un bote y se deje
llevar por la corriente de un río, entre sombras y reflejos del sol, rodeado de
trinos y aleteos, viendo chapotear los remos y hacer cabriolas las truchas.
Cuando estaba a punto de atracar en la orilla, creyó escuchar un sonido fuera
de lo normal. Sonaba como una melodía lejana, como si el viento trajera voces y
rasgara las cuerdas de un arpa. Amarró la barca allí mismo y echó pie a tierra,
con el oído atento. Poco a poco, el sonido instrumental dejó paso a la limpieza
de una canción, los sones de una cristalina voz de mujer llegaban hasta él surgiendo
de las mismas aguas del Júcar. Alguien estaba cantando. Sólo podía ser un
ángel, o una sirena. Con el corazón desbocado, Edelmiro se abrió paso entre los
juncos verdes. El cántico cesó, pero él continuó hasta que, de repente, al
separar un haz de tallos, la vió. Ella, y él, quedaron en suspenso durante unos
segundos, ojos sobre los ojos del otro. Luego, la joven que se hallaba sentada
sobre sus piernas, al borde mismo del río, bajó la mirada, parpadeando con
timidez, sus pestañas como mariposas, y dibujó una sonrisa de blancos dientes.
Edelmiro quedó como hipnotizado, se acercó a ella en silencio, se sentó a su
lado, y comenzaron a hablar, primero con titubeos, pero tras las primeras
risas, las palabras brotaron como de una fuente, y fueron felices durante todas
las horas del día.
Cayó la
noche. Recordó el joven que su padre velaba esperándole. La promesa de su
matrimonio pesaba mucho de repente, en su corazón. Pero en su cabeza se abrió
camino una idea peregrina. Su padre quería casarlo, quizá si conociera a esta
muchacha, accediera a cambiar de novia para él. Tenía que conseguir que fuera
con él hasta su casa. Pero la muchacha tenía otros planes.
Antes de
que Edelmiro le expusiera los suyos, como si los hubiera adivinado, ella le
habló con una voz irresistible, acariciadora como el musgo, le contó que era
una ninfa, un hada de las aguas, que se había enamorado de él, un humano, y que
su poder le permitía convertirlo en el rey del Júcar y señor de todas las
ninfas, que sólo tenía que seguirla, dejarse llevar, sumergirse de su mano, sin
miedo, en las profundas ondas oscuras.
Edelmiro
apenas sí la escuchaba. En un arrebato, la había tomado de la mano y la
conducía hacia su barca. Mientras, parloteaba sin parar, explicándole cómo era
su casa, sus jardines, cómo su padre la iba a querer... Bien por la insistencia
del joven, bien por diversión, la ninfa accedió a entrar con él en la barca,
pero en cuanto Edelmiro cogió los remos, una nueva música volvió a escucharse,
surgiendo del río en torno al bote. Al instante, la ninfa del Júcar comenzó a
bailar. Como una libélula, sus pies, ocultos bajo el velo azul que la cubría,
tan pronto estaban sobre la barca, como chapoteaban sobre las aguas, salpicando
la superficie con perlas reflejadas por la luna. La ninfa bailaba, y su danza
hipnotizaba al joven, y la pequeña embarcación se balanceaba bajo sus saltos.
Reía la ninfa. Gozaba el joven con la visión, sin apercibirse del peligro. La
barca se había deslizado hacia el centro del río. Los sones habiánse tornado
oscuros y profundos, y el baile ya no era alegre, sino salvaje y violento. De
repente, al dar un brinco la ninfa desde la borda, sucedió el fatal desenlace.
La barca se escoró y volcó. El joven pareció dejarse llevar, no braceó, se
hundió lentamente en las profundidades oscuras del río.
Al día
siguiente, su padre, al frente de una partida, encontró el cuerpo de Edelmiro,
retenido entre las ramas de un árbol caído sobre la corriente, junto con los
restos de la embarcación y una maraña de juncos. Tenía los ojos abiertos y una
media sonrisa entre los labios azulados.
Con los
años, la casa del Conde se vino abajo, perdió riquezas y servidumbre, la
mansión quedó prácticamente en ruinas, y el viejo terminó sus días en soledad.
Lo encontraron un día muerto, junto a una chimenea apagada.
© 2001 Chema
G Lera
Es un relato basado en una leyenda de Cuenca, a partir de
los datos aportados a la revista Elfos por M. Carmen A.
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