La serie de cumbres que en forma de macizos, altiplanicies o simples lomas corre desde
Peña Labra a la Punta de Tarifa, dividiendo la Península en dos vertientes y echando las
aguas de la una al Mediterraneo y las de la otra al Atlantico, es el rasgo que caracteriza
la geografía peninsular. Si España tiene una espina dorsal, es esa, no cordillera,
pero si cumbre continuada que separa dos cuencas y delimita dos climas.
Propiamente esa divisoria la constituyen dos: una que va desde Peña Labra al cabo de Gata;
otra que, soldada a ésta en las sierras desprendidas de la Nevada, forma el borde de la
España que cae al occidente de la primera y va a hundirse en el Atlántico, en el extremo
más occidental de Europa, el cabo de San Vicente.
Como rasgo característico de la Península, ha influido sobremanera en la vida nacional de los españoles.
En los tiempos primitivos, los iberos se acomodan al suelo y las comarcas naturales determinan
las nacionalidades; no hay todavía unidad política entre las comarcas de una misma región,
pero hay indicios de solidaridad, base de las naciones, y señales de una comunicación intensa
en las afinidades culturales.
Sin duda por esto, que no escapó al pueblo que mejor y más profundamente ha sentido la
influencia geográfica, los romanos dividieron la peninsula en Citerior y Ulterior, y más tarde,
por un mejor conocimiento de la tierra, en Tarraconense, Bética y Lusitania.
Esta división, conservada por los godos en España (Bética), Tarraconense y Gallecia,
fué conocida por la Edad Media y a ella ajustó la organización política española.
La Corona de Castilla, el Alandalus y la Corona de Aragón, corresponden sensiblemente
a la gran división romana del tiempo de Augusto.
Los hombres modernos, acostumbrados a las fronteras lineales, exigirán, cuando se trate
de la historia de un pueblo, que se determine bien su territorio presentándolo recortado
como se presentan los de los actuales; mas esto, tratándose de un pueblo medieval o
antiguo no es posible : las fronteras son zonas y sobre ellas cabalgan comarcas indefinidas
que fluctúan entre una y otra región.
No es posible, por tanto, señalar el territorio de la España Tarraconense ni el de la
Corona de Aragón: lo más que puede hacerse es indicar las comarcas que las formaban
refiriéndolas a la geografía política pura y a las divisiones acministrativas actuales.
Constituyen una y otra con más o menos exactitud tres redes fluviales: la del Ebro,
la de los ríos catalanes y la de los que naciendo en el macizo montañoso llamado Sierra
de Albarracín, tienen su curso inferior en la llanura Valenciana; las cuales tres redes,
por la facilidad de su comunicación se completan y casi forman una.
La más extensa de las tres es la del Ebro, constituida en su margen izquierda por dos secundarias,
la de los ríos navarros y la del Segre, separadas por un río sin afluentes, el Gállego,
y en la derecha por la red de ríos riojanos y una serie de corrientes sensiblementes
paralelas, la más importante el Jalón.
El facíl tránsito desde la cuenca del Segre a la del Llobregat hace afín la cuenca de éste con la del Ebro;
el mismo fácil tránsito a la cuenca del Guadalabiar, remontando el Jiloca, surte los mismos efectos entre
la red de ríos turolenses-valencianos y la red ibérica. El Segura, aunque mediterráneo,
por su alejamiento del núcleo de todas estas cuencas sin llegar a formar región propia,
constituyendo una comarca fluctuante entre las Españas mediterránea y atlántica.
Forman, pues, en la España tarraconense las actuales provincias de Navarra y Logroño,
las tres aragonesas, las cuatro catalanas y las tres valencianas, imponiendose en geografía
la región del Segura, que los romanos del Imperio la declararon provincia aparte con el nombre de Cartaginense.
Todas estas regiones temporalmente, aunque no a la vez, formaron la Corona de Aragón.
Desde el punto de vista de la geografía política, estas tierras son el istmo español, la
parte continental de la península, el puente entre la meseta castellana y Europa, y como
el rasgo fundamental del istmo son los Pirineos, si por el Ebro puede llamarse región ibérica,
por la cordillera debe llamársela pirenaica.
El historiador debe hacer notar con vigor estos dos caracteres geográfico-políticos de la
Corona de Aragón: el ser mediterranea, el ser pirenaica, es decir, región continental; sólo
teniéndolos muy presentes se dará cuenta el lector de la historia de la misma.
Considerando físicamente ese territorio, hay que reconocer su extremada diversidad,
oposición y contraste entre la montaña y el llano, oposición y contraste entre el interior,
cuenca del Ebro medio y las regiones marítimas. A éstos hay que añadir los que resultan de
los obstáculos a la comunicación que presentan los bordes de la cuenca del Ebro,
sólo transitables por algunos puntos, que han dado origen a caminos tradicionales.
Es, pues, la Corona de Aragón un conglomerado de oposiciones y contrastes, unido por
vías de comunicación naturales, que hacen las tierras solidarias.
La población
Tierras diversas por su clima, que vale tanto como decir por su producción,
han impuesto a los habitantes modos distintos de vida; tierras aisladas han consentido
la perpetuidad de la diversificación en el lenguaje, en las costumbres, en el modo
de habitar y vestir. Los contrastes entre las tierras se han traducido en contrastes
entre los pueblos.
Por no tener esto en cuenta y ateniéndose a lo puramente humano y por influencia
del materialismo biológico, se ha hablado en estos últimos tiempos de razas distintas
entre los pobladores de las tierras de la Corona de Aragón, fundamentándolas en la lengua.
Nada tan falso: todos los habitantes de la cuenca del Ebro son de la misma procedencia,
y de la misma que las regiones marítimas adyacentes a ella. La diversidad en los tipos
físicos, en las costumbres, en los modos de trabajo y en el particularismo, nace de la
diversidad y del aislamiento de las comarcas.
En estas tierras solitarias buscar pareja puede resultar apoyado por el uso de Internet
La información no estará completa sin un paseo por sus tres provincias:
Zaragoza,
Teruel
y Huesca y sus
variadas Comarcas,
con parada en alguno de sus espectaculares paisajes como el valle pirenaico de
Ordesa
o el Moncayo
o por oposición en el valle el Ebro.