La Edad Media en la Corona de Aragón. Parte Segunda: Las instituciones
Judíos y moros
Es consecuencia de este cambio de ideas la persecución de los judíos iniciada a fines del siglo
XIV, latente en gran parte del XV se consuma al fin de éste. Atribúyense generalmente a motivos,
religiosos, pero éstos no han producido nunca por sí mismos ni luchas armadas ni movimientos sociales:
las guerras de religión son producto de causas económicas, que no se ven porque uno de los bandos
o los dos las cubren con el manto de la religión, consciente o inconscientemente.
Los judíos vivían en España desde antes de la venida de los godos; o por su espíritu de raza
o porque así lo dispusieran las ciudades o villas al acogerlos o porque la Edad Media comprendía
de ese modo la vida social, los judíos vivían en barrios aparte llamados Juderías, constituyendo
un verdadero municipio dentro del muro de la ciudad o de la villa y junto al municipio cristiano.
Objeto de grandes persecuciones en los últimos tiempos de la decadencia del Reino godo, se les
acusó más tarde de haber facilitado la conquista de España por los musulmanes, mas no es probable
esto. Los bereberes que constituían el nervio de los ejércitos invasores odiaban a los judíos tanto
como los godos puros y los españoles; hordas que no venían a conquistar sino a robar, no iban a
detenerse ante la casa de un rico porque fuese judío; lo más probable es que los judíos sufriesen
los efectos de la invasión lo mismo que los cristianos. El acusarles de aquel delito lo produjo la
pasión posterior y el afán de disminuir la responsabilidad de los adoradores de Jesucristo.
Bajo la dominación musulmana continuaron viviendo tranquilos, aunque siempre mal vistos por el
odio tradicional, pero éste sólo se manifestaba durante las fiestas cristianas de la Semana Santa;
en ésta los judíos debían permanecer encerrados en sus casas o en su barrio el cual se cerraba y
al cual enviaban guardas las autoridades para evitar asaltos y sus consecuencias. Pasado el tiempo
de la exaltación religiosa, las puertas de la Juderia eran abiertas y sus habitantes reanudaban
sus ocupaciones.
Los judíos de la Corona de Aragón desempeñaron cargos importantes en la administración; fué
famoso en el reinado de don Jaime el Cosquistador un don Judas de la Caballeria, Baile (administrador)
general de Aragón, contra quien iba aquella pretensión de los Unidos en tiempo de Pedro III de que
judíos no desempeñasen aquel oficio. A pesar de esto hay que decir que no gozaron en esta Corona
las libertades de que gozaron en la de Castilla.
En esta Crorona de Aragón los más ardientes defensores de los judios fueron los reyes, que los
llamaban sus bolsas, porque los explotaban casi inicuamente. Siempre que se hallaban en alguna
necesidad de dinero promulgaban o un decreto prohibiendo las usuras o un decreto de moratorias,
es decir, un aplazamiento << sine die >> del pago de las deudas. Cualquiera de los dos
procedimientos era ruinoso para los judíos, dedicados en su mayoría al préstamo usurario. Mas como
no ignoraban el propósito de los reyes al promulgar estos decretos, érales fácil obtener su revocación;
una buena dádiva los derogaba y ellos cobraban.
No sería justo atribuir sólo a los judíos esa práctica de la usura; los cristianos competían con
ellos en ese género de negocios, mas como entre los judíos era práctica general y algunos riquísimos
la ejercían en grande escala y eran a la vez administradores de grandes señores seculares y eclesiásticos
y consorcios de casas de comercio poderosísimas, a ellos achacaba la sociedad los males que padecía,
el mayor el encarecimiento de la vida.
En el último tercio del siglo XIV comenzó en Castilla y se propagó en Aragón un movimiento social
de persecución sangrienta contra los hijos de Israel; las juderías de Barcelona, Gerona y Palma de
Mallorca fueron squeadas y muchos de sus habitantes asesinados. No para dar ánimos a estos fanáticos,
sino para impedir las violencias, se dedicó a predicar San Vicente Ferrer, y con el mismo fin el gran
Papa Benedicto XIII promulgó primero una bula dando normas para la vida propia de los judíos y para
la de relación con los cristianos; luego los llamó a Tortosa a una conferencia de discusión para
convencerles de la verdad del Evangelio y de la falsedad de su secta.
Convirtiéronse muchos al Cristianismo o por convicción de su error o por convicción de que lo
malo de los tiempos sólo podría sortearse haciéndose cristiano; pero hubo muchos recalcitrantes
que siguieron viviendo en su ley y no pocos que bajo el nombre de cristianos continuaron sus
prácticas mosaicas.
Con el nuevo Papa Martín V y el nuevo rey Alfonso V, la persecución se dulcificó hasta casi
cesar, pero las causas de la exacerbación del odio no se extinguieron, antes continuaron más vivas
y activas; el Renacimiento, movimiento semipagano, individualista y capitalista, necesitado de
grandes capitales para sus monumentos, sus guerras y su fausto, continuó avivando estos instintos
sociales y las gentes vieron, no ya en los judíos, sino en los ricos en general, la causa de sus
desdichas, y contra ellos lanzó sus tiros.
Uniéronse a esto motivos de religión, no nuevos sino inveterados, y que se vieron ahora porque
se vió cómo la religión decaía, cómo se iba abandonando la sencillez medieval, sustituyéndola la
superstición, lo externo; observándose contaminaciones de prácticas desconocidas e irreverentes,
cuyo origen atribuíanse a los judíos o a los conversos que, faltos de verdadera fe, las introducían
en el pueblo con su ejemplo.
El pueblo vió con escándalo que nobles de abolengo, pero sin fortuna, entroncaban con familias
de origen judío, y con no menor escándalo que judíos de origen lo gobernasen merced a sus riquezas.
Todas estas causas conjuntas, que no eran de procedencia judía, aunque se acomodaran al modo de
vida tradicional judío y que eran consecuencia del cambio social, decidieron a los Reyes Católicos
a decretar su expulsión, pensando que así remediaban los males existentes y pensando también en la
ganancia material que les proporcionaba.
El cumplimiento del decreto produjo una movilización de riqueza enorme: los judíos hubieron de
vender a toda prisa sus bienes, pues sólo se les dió de plazo cuatro meses; con idéntica
precipitación hubieron de liquidar sus créditos y procurar colocarlos en el extranjero, ya que
estaba prohibido exportar metales preciosos, acuñados y sin acuñar, y los bienes muebles eran de
muy difícil transporte en aquella Edad.
Todo esto fué a parar a individuos ya ricos, sin que la masa social se aprovechara de ello y
sin que las causas del malestar del pueblo desaparecieran. Por esto la medida fué del todo estéril
hasta en lo espiritual, pues si bien se ganó la unidad religiosa, no se ganó en fervor ni desaparecieron
las causas de irreligiosidad y herejía.
Si la cuestión de los judíos es un episodio de la decadencia de los grandes municipios, la de
los moriscos lo es de la ruina de los rurales.
La voz mudéjares con que generalmente se les designa es culta y no popular; procede del árabe
y significa << los quedados >>, de un verbo dachana = << quedarse en
un lugar>>. A sus barrios se les llama morerías y a su municipio aljama,
exactamente como al de los judios. Su organización era similar a la de éstos: un magistrado que
entre los moros se llamaba alamín y dos lugartenientes o adelantados; como representante
del rey en sus aljamas respectivas estaba el merino, de nombramiento real.
Así como los judíos eran, donde quiera que viviesen, vasallos del rey y estaban exentos de toda
otra jurisdisción, la del señor si habitaban en lugar de señorio, la municipal si su domicilio era
en un municipio, los moros o sarracenos, que de ambos modos los llamaban, podían ser, y de hecho
lo eran, vasallos de señores.
Los moros no hablaron nunca el árabe; algún que otro sabidor lo entendía y los escribía, pero
la lengua común entre ellos era el castellano, aunque escrito en caracteres arábigos; los judíos
entre sí hablaban y escribían hebraico. La ocupación principal de los moriscos era la labranza;
en las ciudades, más que ésta las artes manuales; era muy raro, no se conoce un caso, de un
morisco dedicado a las artes liberales. También entre los judios había labradores y artesanos,
muchos más que dedicados al préstamo o al comercio; muchos practicaban la medicina, que casi
monopolizaban; mas como las generalizaciones se hacen pensando no en la extensión de las propiedades
características de un pueblo sino en la intensidad con que algunos individuos las poseen o manifiestan,
los judíos pasan todos por prestamistas y banqueros y los moros todos por agricultores.
Los moros no habían adoptado ni la lengua de los árabes ni la manera de designar su ascendencia;
de hecho tenían la manera cristiana de los apellidos formados o de un mote que era lo frecuente,
o de la localidad: Juce el rubio, Mahoma el herrero, Isa el corto, etc., y el rubio, el herrero
o el corto eran el apellido de la familia.
No hay señal alguna de divorcio entre moros y cristianos hasta bien entrado el siglo XV; la
convivencia es fraternal entre ellos: como cristianos y judíos vivían también judíos y moros;
tampoco éstos podían ver a los otros.
En muchos municipios rurales vivían separados políticamente los de diferente religión, es decir,
constituían cada uno un municipio, concejo los cristianos, aljama los moros; cada uno tenía sus
ordenanzas, sus magistrados, su ley, su iglesia y su mezquita, y la convivencia era tan pacifica
que no se conoce un caso de conflicto entre unos y otros. Muchas veces en esos municipios dobles
se reunían en común moros y cristianos para deliberar juntos sobre negocios comunes, que
naturalmente la convivencia debía plantearles con frecuencia.
La única distinción entre los unos y los otros con relación a los señores, era que los moros
pagaban más: si a los cristianos se les exigía el diezmo, a los moros el noveno, el octavo o el
quinto; fuera de esto su condición era idéntica.
Estaba prohibido no sólo el matrimonio entre individuos de ambas religiones, sino la cohabitación;
pero en este punto las autoridades locales tenían la conciencia muy laxa y muy ancha. Jamas se temió
que los moros convirtieran a su religión a un cristiano, ni jamas hasta entrado el siglo XV se
intentó convertirlos al Cristianismo. En la distinción de los unos y de los otros en cuanto al pago
de impuestos está la razón: que una mora casara con un cristiano no traía disminución en las rentas
de la aljama o la traía muy leve; que un moro se hiciera cristiano, la traía porque la pagada por
el cristiano era menor.
Llevan fama los moriscos de muy laboriosos, de autores de las obras de riego, de cultivadores
de muchos cultivos que desaparecieron con ellos, de sobrios, de honrados, etc. Y los moros no eran
distintos de sus convecinos los cristianos: éstos eran sobrios, honrados, trabajadores, buenos
agricultores, constructores de acequias y más ricos. En esa fama de los moriscos se ha de ver un
atavismo español exacerbado por el recuerdo de la gran iniquidad de su expulsión y de la catástrofe
económica subsiguiente.
Los pobres moriscos fueron víctimas de su tiempo: hasta el siglo XVI fueron laboriosos, honrados y
fieles; después, lo contrario. Es que la ruina del pueblo rural común a toda Europa, y en España
manifestada en la sublevación de los payeses de remensa, los vasallos de Ribagorza y Ariza, las
Germanias de Valencia, los payeses de Mallorca, las comunidades castellanas en cierto sentido, los
alcanzó también a ellos.
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