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El Islam surgió en Oriente Próximo en el 622 (Hégida de Mahoma) y desde allí esta nueva
civilización se extendió rápidamente por toda la cuenca mediterránea y parte de Asia,
conquistando a su paso territorios y pueblos muy diversos cuyas culturas fue asimilando
progresivamente, alimentandose así de tradiciones tan dispares como la grecorromana,
la bizantina, la sasánida, la selyuquí, la bereber ...
De este modo, cuando llegó a la Península Ibérica en el 711 sumó a todo este bagaje
cultural nuestras ricas tradiciones locales (celta, íbera, romana, visigótica ...), naciendo
así una cultura de un valor absolutamente excepcional y universal, que no se dio en ninguna
otra parte del mundo, y que afortunadamente se mantiene en los monumentos conservados.
La civilización musulmana fue eminentemente urbana y, por este motivo, se fundaron tras
la conquista numerosas ciudades y se revitalizaron muchas antiguas. Dentro de la Marca Superior,
que es la que engloba a la actual provincia de Zaragoza, destacó la capital, pero también
otros centros urbanos y culturales como Calatayud y Tarazona. En estos núcleos se cultivaron
las letras y las ciencias, sobre todo en el centro de estudios creado por el rey Hudí
Al-Muqtadir en su Palacio de La Aljafería. En esta obra singular del arte mundial,
único palacio-fortaleza árabe del siglo XI conservado en Europa Occidental, se dieron cita
algunos de los más renombrados intelectuales de la época.
Tras la disolución del Califato Cordobés (1031) y la formación de los Reinos de Taifas,
comenzó a finales del siglo XI el proceso de reconquista de los territorios ocupados por
los musulmanes por parte de los cristianos, quienes además tuvieron que hacer frente a las
invasiones almorávides (1086-1147) y almohade (1172-1212).
En Aragón, la reconquista fue relativamente rápida y ya en 1118 Alfonso I entraba en la
ciudad de Zaragoza, iniciándose a partir de ahí otro proceso, el de repoblación de los
terrenos recuperados, lo que hizo necesaria la permanencia de los habitantes musulmanes,
ahora denominados mudéjares, que poblaron tanto las morerías de las ciudades como
los campos, donde se dedicaron fundamentalmente al mantenimiento de los regadíos que ellos
mismos habían creado.
En esos momentos, Zaragoza siguió siendo el núcleo más importante y el Palacio
de la Aljafería, transformado en residencia de los monarcas cristianos, el modelo artístico
en otras construcciones de uso civil como pueden ser el Palacio de los Luna en Illueca
y el Palacio de Luna en Daroca.
La asimilación del arte islámico llegó a ser tal que muchas mezquitas se transformaron en iglesias, destacando el caso de La Seo del Salvador de Zaragoza, en el que la mezquita aljama fue convertida en catedral. En la reforma de estos monumentos y en la construcción de otros muchos que la repoblación requería, tanto de uso civil como religioso, se fue definiendo poco a poco la personalidad de este arte rico y complejo. Cabe destacar que en La Seo del Salvador se definió un modelo de cimborrio que fue imitado no sólo en Aragón, en las catedrales de Teruel y Tarazona, sino también fuera de nuestra comunidad, como se puede apreciar en el cimborrio de la catedral de Burgos.
Esta original fusión de elementos no se dio con tanta profusión, intensidad y calidad en
ningún otro lugar de la península, ya que en Aragón fue donde las leyes fueron más permisivas
con la permanencia de los mudéjares.
Precisamente, de estas particularísimas condiciones históricas surgieron creaciones únicas
como las torres campanario con estructura de alminar almohade, de la que es ejemplo temprano
la torre de la iglesia de San Pablo de Zaragoza que influirá claramente en otras torres
del mismo estilo como la de Santa María de Tauste o San Pedro de Alagón.
La expulsión de los moriscos en 1610 por un decreto de Felipe II (Felipe III en Castilla), tras la conversión obligatoria de los mudéjares al Cristianismo a partir de 1526, tuvo unas consecuencias funestas en toda la Península, pero especialmente en aragón por las razones anteriormente descritas. Afortunadamente, quedaron las huellas de cinco siglos de convivencia y de enriquecimiento mutuo entre cristianos y musulmanes.
El arte mudéjar, a diferencia de otras manifestaciones artísticas como el románico, el gótico o el barroco, es un fenómeno de origen típicamente íberico y, en concreto, en Aragón se encuentra el núcleo originario de este arte universal. Su aparición obedece a las peculiaridades circunstancias sociales e historicas que durante ocho siglos conocieron los pueblos de la Península. Pero este fenómeno, denominado "mudejarismo", es algo más que un gusto pasajero o una moda. Representa la prpfunda interrelación entre distintas formas de vida y de cultura entre la cristiandad y el Islam, forjada en el curso de ocho siglos de convivencia en la Península Iberíca.
El mudéjar surgido en la España cristiana medieval tomó elementos artísticos de distintos
estilos, aunque sus principales inspiraciones fueron el arte islámico y cristiano,
constituyendo un modo de expresión nuevo. Es, por tanto, un arte aglutinador de ricas tradiciones
culturales, producto de una sociedad en la que convivian cristianos, judíos y musulmanes,
y que dejó la impronta de sus maestros de obra en construcciones de carácter religioso
(iglesias, sinagogas y mezquitas) de las tres culturas. Aunque también se utilizó este arte
en la construcción de edificios civiles y en artes menores como la orfebrería, alfarería, etc.
Este estilo artístico encontró su máxima expresión en la arquitectura como lo demuestran
los monumentos integrantes de la candidatura, ejemplos singulares y representativos de cada
momento histórico y artístico. Pero otras manifestaciones artísticas testimonian también su
capacidad de síntesis creativa: azulejos para revestimientos murales, tejidos, arquetas de
metal o marfil, trabajos de cuero ... Todas estas formas artísticas alcanzaron gran popularidad
y difusión entre los siglos XIV y XV, época de apogeo, cuando monarcas y nobles cristianos
decoraban el interior de sus castillos o palacios con alfombras, ricos guadamecíes para
cubrir las paredes, arcones, cojines de cordobán y otras piezas de mobiliario en la más
pura tradición andalusí.
Aunque la evolución histórica circunscribió el mudéjar a la Península Ibérica, este arte tuvo, no obstante, una considerable proyección en tierras del otro lado del Atlántico. El declive a partir del siglo XVI no significó en ningún caso la desaparición de esta forma artística genuinamente aragonesa, sino que muchos aspectos del mudéjas pervivieron durante los siglos XVI, XVII y XVIII en la Península Ibérica y en otras partes del mundo.
Estos elementos, visibles fundamentalmente en formas estructurales y decorativas, se difundieron desde Aragón, foco originario del arte mudéjar hacia el resto de España (Andalucia, Extremadura, Canarias, Castilla la Mancha y Castilla-León) e, incluso, más allá de nuestras fronteras a Portugal y a América Latina (Colombia, Venezuela, Perú, Bolivia, Brasil, Paraguay, Argentina, Chile, ...) donde serán objeto de nuevos mestizajes culturales.
Las claves de este éxito radican en las características de un sistema sumamente eficiente que resolvía satisfactoriamente los problemas constructivos, desde la utilización de materiales de fácil obtención, bajo coste y gran plasticidad, como el ladrillo, el yeso, la madera y la cerámica, hasta la disponibilidad de una mano de obra mudéjar, industriosa y cualificada. Sobre todo el rasgo capital del arte mudéjar, heredado del legado islámico, es su extraordinaria capacidad de asimilación e integración de elementos exógenos, su amplia versatilidad para asumir nuevos aportes formales, cualquiera que sea la cultura de donde provengan, integrándolos en un sistema artístico que no es rígido y cerrado sino que atesora una sorprendente posibilidad de acomodación.
El pasado mudéjar no ha caído en ningún momento en el olvido, sino que ha perdurado de forma permanente, convirtiéndose en nuestra propia identidad cultural. El interés por este fenómeno en las dos últimas décadas ha aumentado con la progresiva recuperación crítica de los orígenes mudéjares, en foros como los Simposios Internacionales de Mudejarismo celebrados con carácter bienal en la ciudad de Teruel desde el año 1975 Del mismo modo, la declaración del Mudéjar de Teruel Patrimonio Mundial fue un impulso decisivo en la revalorización y difusión de este arte excepcional.
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