Sergio Borao Llop

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CHEMA G. LERA

El último desierto

"¿Por qué si el 90 por ciento de todo es basura,
como dice Sturgeon, los amaneceres son todos tan bellos?"
Fel Conesa

Aeropuerto Monflorite. Huesca (España)
01:00:00 (+1 GMT, 01.11.00)

- Oiga, ¿y no me puede dar usted el número del móvil del piloto? – pregunté desesperado al hombre gordo en chandal.

- Mire, a mí el señor Bruno me tiene prohibido dar su número. Si quiere le llamo, pero ya lo he hecho y no hay cobertura...

Este hombre debía de ser el técnico de la torre de control, bueno, torre por llamarlo de alguna manera, y de control... mejor no hablar. Hacía más de hora y media que había conseguido llegar al Aeropuerto de Monflorite, después de perderme con el monovolumen por varias carreteras locales. Para las 12 de la madrugada de hoy había alquilado una avioneta aquí, con destino a uno de los últimos desiertos europeos, el de los Monegros, a caballo entre las provincias de Huesca y Zaragoza. Iba a hacer el reportaje fotográfico que salvaría mi carrera. Casi lo tenía ya cerrado con los del National, así que me lancé. Gasté todo mi capital en adquirir lo último en fotografía digital. Iba a vender las mejores imágenes de la historia. El día de Todos los Difuntos quería fotografiar cómo amanece en este paraje muerto, en este cementerio de la naturaleza. Cuando llegué al aeropuerto no había ni un alma. La carretera, por supuesto, no estaba iluminada. Soplaba un viento de mil demonios. Un sólo farol sobre la puerta iluminaba un letrero: "Aeródromo". Estaba tan alejado de la civilización que no conseguía sintonizar ni una emisora en la radio del coche. Al cabo de unos minutos, un guardia de seguridad abrió la puerta y me invitó a pasar.

- Usted será el fotógrafo, ¿verdad?

- Sí, soy Fel Conesa, he contratado un vuelo sobre Monegros de dos horas de duración mínimo, al amanecer...

- Bueno, bueno, eso ya se lo dice al señor Bruno cuando venga, ahora no hay nadie. Si quiere, puede esperar dentro. ¿Lleva mucho equipaje? ¿Le ayudo?

- No, no hace falta, gracias- cualquiera confiaba un equipo que me había costado millones a este tío... Saqué del coche la bolsa con el portátil y la pequeña impresora que podía conectar directamente a la cámara. Luego, casi con adoración, cogí la otra bolsa donde llevaba mi preciada cámara con el ultimísimo DCS Pro Back, que me iba a permitir retratar la roja cara del sol a 16 megapixel con el sensor especial de la cámara.

Pasaron las horas, dieron las doce, vino el del chándal y el piloto no llegaba. A las doce y media apareció por fin, un tipo con barba embutido en un trasnochado mono amarillo.

- Bueno, señor, lo siento pero no podemos volar, me han avisado de una tormenta solar G5 que llega en unas horas, así que, si quiere salvar el pellejo...

¿Cómo? ¿Este hombre se creía que porque el sol calentara más de la cuenta iba a tirar a la basura toda la pasta que había gastado en esto? Creo que nunca en mi vida discutí tanto sin que el oponente se dignara a contestar con algo más que gestos: le supliqué, le grité, le chantajeé, apelé a sus ilusiones infantiles, a sus sentimientos nacionalistas, me cagué en su preparación profesional... nada. Siguió pegado a una pantalla de ordenador y a un equipo de radioaficionado que sólo emitía ruidos.

- Mire, Conesa, esto es Monegros. Y aquí el cielo está agujereado, ¿me entiende? Somos el centro de la diana del agujero de ozono. ¿Por qué si no iba a conservarse este desierto?

No pude hacer otra cosa que reírme, supongo que estaba histérico.

- Oiga, esto no es el fin del mundo, ¿no creerá en esas chorradas?

- Venga conmigo.

Pasamos al lado de las dos únicas avionetas que había, cinco veleros y varias maquetas de aeromodelismo. Llegamos a un hangar medio derruido. Abrió una puerta metálica y encendió un fluorescente que se quedó parpadeando. Allí dentro había una avioneta. Estaba quemada. Nos acercamos. Abrió la portezuela y me invitó a mirar en la cabina. Parecía todo fundido y roto. En el asiento, pegados, trozos de tela amarilla.

- Fue difícil sacarlo de ahí...

Era el mono del piloto, chamuscado.

- Pero peor fue lo de los mandos...

Aquello... no, no podía ser, parecía piel humana...

- El pasado mes de junio salió a volar, y la tormenta sólo fue de magnitud G3, imagínese. De esa no fuimos informados, como somos un aeropuerto inexistente... ¿Aún quiere volar para fotografiar el sol de los Monegros?

Salimos del hangar. Amanecía. El mundo aún existía y yo tenía un reportaje muchísimo más valioso que el que vine a hacer. Sólo era cuestión de esperar a la noche siguiente, cuando todo estuviera dormido en este desierto. En todo caso, la duda estaría en elegir entre la prensa científica o la amarilla, aunque creo que la amarilla paga mejor.


  Nota: Tanto los personajes como la descripción
  del Aeropuerto de Monflorite son imaginarios.
  Mi agradecimiento al fotógrafo y amigo Miguel Angel Latorre.

Chema Gutiérrez-Lera

Este cuento figura en la Antología Cero GMT

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